domingo, 29 de marzo de 2020

Crónica de una 'Gratis del domingo´ I

-Todxs estamos un poco solos.
-Todxs necesitamos al menos un abrazo para seguir.
-Todxs nos preguntamos alguna vez en la vida, si existirá ese compañerx que estamos esperando.

Los tres tópicos fueron desarrollados aquel día, en "La gratis del domingo". Tres tópicos que pecaban de clichés, de burdos lugares comunes de los que ya estaría bien apartarse. Sin embargo, ahí estábamos, en una sala de cine municipal llena, buscando encontrar algo detrás de esa pantalla gigante.
Siempre que asistía a esta clase de eventos, disfrutaba en ambas direcciones: por un lado, la película propiamente dicha (que muchas veces no era más que una excusa para ver otras cosas), por el otro, la ficción que me ofrecía la diversidad de personas aglutinadas en aquella sala, por al menos dos motivos -bastante dignos después de todo-:
Primero: una película gratis, con todo lo que el concepto encierra, no importa cual fuera.
Segundo: algo que hacer un domingo de otoño a las 18hs de la tarde.

Ese domingo asistí sola. Hacía rato que había superado el trauma social que implica hacer cosas con un par siguiéndote los pasos. Fui determinante al salir: las culpas por todo lo que no había hecho el fin de semana no irían conmigo al cine, ya que el motivo por el que me inmolaba a las calles heladas era trascendental: no permanecer sola en casa durante las horas en que declina la tarde y las preguntas por la existencia se te pliegan al alma como los anaranjados y rosas a las nubes tardías.
Llegué lo más impuntual que pude y me escabullí en la única butaca vacía que encontré. Me sangucheaban dos adultos no tan mayores, un hombre y una mujer. El hombre olía mal y no parecía demasiado concentrado en la película. Cuando lo llamaron por celular y se fue, comprobé mi teoría de que había ido al cine sólo para no estar solo, para “hacer tiempo”, perderlo o aniquilarlo, según la escala que prefieran.
La película rápidamente me absorbió. Micro historias de personajes cotidianos que no sabían muy bien qué hacer con su existencia. “Casi como muchos de nosotros en esa sala”, pensé con gracia. Una muchacha que había ingerido una botella de quitaesmalte tras ser abandonada por su novio, una mujer trans que se había arrepentido de cortarse el pene por un amor ingrato. Un desgraciado que trabajaba como asistente en una línea de atención al suicida. Cuando el muchacho en cuestión se preguntó si era posible ayudar a otros, cuando no te podés ayudar ni siquiera a vos mismo, supe que estaba en el lugar o al menos, en la película correcta.
Me preparé un mate, medio tanteando en la oscuridad y comencé a tomar. Cuando le ofrecí a la señora de al lado, me devolvió una gran sonrisa y un par de palabras: "que rico, gracias, nunca vi a alguien con mate en el cine". Le cebe unos cuántos.  Mientras tanto un viejo con cara de haber sido muy malo en su juventud, pero que ahora daba lastima, pidió a 3 personas diferentes, a lo largo de toda la película, si lo podían abrazar. Nunca anhelé tanto atravesar una pantalla como aquella tarde.  Luego me pregunté si quizás no la había ya atravesado. Después de todo, yo misma me metía en esos juegos.
Al cabo de 95 minutos, la historia llegó a su fin.
La puerta de la sala se abrió y el calor del tumulto comenzó a disiparse, como cada historia de una a una de las butacas. Otra vez fuimos nada, seres anónimos arrojados al frío de las calles oscurecidas, a lo que quedaba del domingo, a toda la fundamental soledad que nos aguardaría, nomás pisar la vereda del cine municipal.

domingo, 22 de marzo de 2020

Canción a destiempo

         "¿Quién será, que una vez te encontró como sos y logró comprender tu color?” (Homero Manzi)


Todo comenzó con un sueño. Ella se lo encontraba por casualidad en esa encrucijada de asfaltos y olvidos que hemos dado en llamar calle y se acercaba a saludarlo, -como siempre hacía: acercándose a su oído, nombrándolo suavemente para no sobresaltarlo, hasta que él la reconocía, le daba un beso - y se ponían a charlar de cualquier cosa, casi siempre de Borges o de Gardel. Lo acompañaba caminando a su lado, cuidándolo de alguna mala vereda, y al llegar a la casa de este, él le decía si quería quedarse. Lo ayudaba con algunas cosas básicas, cotidianas, la escalera, el ascensor, la puerta y luego terminaban abrazados en el sillón.
Se despabiló en uno de esos sacudones que te dan en sueños, como cuando Dios o alguno de sus empleados te deja caer bruscamente sobre la cama. Hacía mucho que no se despertaba tan mal.   Entonces, ¿era cierto lo que le estaba pasando con este tipo? No se atrevió ni a nombrarlo. “Si le doy entidad estoy perdida” alcanzó a pensar, con toda la dificultad de una mente aun dormida. Pero ya era tarde: la imagen de Francisco se le había instalado en el interior, tan nítida como el sol en el domingo. ¿Ahora que hacía? Se había prometido a sí misma dejar de meterse en situaciones fantasmales e imposibles. Con Francisco no había chances y, además, no quería que las hubiera. Se había cansado del amor. De creerlo, de definirlo, de esperarlo. Había vuelto de esas islas con los remos incendiados más de una vez. Y hacía tiempo que había decidido camuflarse en sí misma, allí, donde nada pudiera dañarla.
Con Francisco no había posibilidad porque ella misma se había encargado de destruirla, construyéndolo en su imaginación, durante años, gigante e inalcanzable para cualquier mortal. Y había terminado comprobando con pesar, cuando comenzó a conocerlo y compartir espacios en común con él, que todo era cierto.  Francisco era un talentoso bandoneonista de la ciudad.  Equilibraba con justicia sus pasos, con un pie en las escuelas clásicas y otro con firmeza en el porvenir. Era humilde pero decidido. Su gente lo reconocía y respetaba. Era apasionado con todo lo que le gustaba. Militaba por causas nobles y se decía que era un gran amante.
¿Y ella quien era? ¿acaso algo más que un tumulto de dolores e historias rotas?
Aceptar siquiera la mitad de todas las características de ese hombre implicaba destruir a mano toda posibilidad de puente entre ellos.
Ese día se lo pasó acostada retorciéndose en esfuerzos por arrancarse esa sensación para siempre o barajar la posibilidad de hacerse cargo, o algo, lo que fuera, que la sacara de esa inercia inútil y desesperante.
Recordó que se habían cruzado dos noches atrás, en el Festival Federal de Tango, dónde él se presentaba con su orquesta.
Recordó también el trato confuso que ambos se habían encargado de tejer. Un trato que por momentos iba de la cortesía a la provocación pero que casi siempre quedaba empantanado, a medio hacer, o diluido en la nada.
Las lunas se sucedieron, sin demasiado que contar. Un febrero pesado cubría los tiempos de aquella ciudad de puertos oxidados. Hasta que un día, como sucede siempre, cuando ella había dejado de esperar, se encontraron, en el cumpleaños de un amigo pianista que tenían en común.
Las cosas, contra todo pronóstico, se dieron sin mayores dificultades. Y a eso de las 5 de una calurosa madrugada, tal como en el sueño, la muchacha estaba entrando a la casa de Francisco.
-Estuvo bueno el cumple, ¿No?, dijo Ana, intentando romper el hielo.
-Sí, lástima el pesado de Pedro. Siempre dando la nota. Como si con los escenarios no le alcanzara. -respondió él-
-Jaa, si, es verdad. Nunca me lo había puesto a pensar. Como si su afán de ser visto no se saciara nunca…
Claro, algo así. - Asintió Francisco.
                Ana estaba muy nerviosa. Intentaba en vano cuidar sus palabras y movimientos para no exponerse, para no sacar afuera esa mujer vehemente y sincera que de igual manera se le escapaba por los poros. El bandoneonista se divertía tiernamente viendo los esfuerzos que la chica hacía por protegerse de sí misma.
Puso un disco de Bill Evans y sirvió dos vasos de vino. Ana estaba fascinada por ver la fluidez con que Francisco se movía, con la elegancia que hacía todo. Visto desde afuera, nadie hubiera notado que no veía más que imágenes difusas.
Cuando llegaron a su habitación y se recostaron, un temblor recorrió a la muchacha de pies a cabezas. ¿Cómo sería estar con alguien que no podía ver su cuerpo? ¿No era, finalmente, lo que ella siempre había esperado?
              Intentó apagar su mente, la causa principal de todos sus infiernos, al menos por un rato. Intento dejarse llevar por el aire cálido que movía tenuemente las cortinas de la habitación y que se mimetizaba con su respiración. Él comenzó con unas caricias suaves, recorriendo sus mesetas y recovecos más escondidos. La tocaba con precisión, como si su espalda y sus pechos fueran un fueye, el fueye que constituía el centro mismo de todo su mundo, de toda su vida.
Ana comenzó a soltarse, a jugar, a entender que contaba con una ventaja y que, aunque sonara horrible y cruel, era que su amante apenas si la podía adivinar.
Sintió una liviandad que nunca antes había sentido, como si años de enredos y desencuentros con su ser, con su cuerpo, finalmente hubieran encontrado un huequito en el cual escabullirse, en el cual descansar.
Durmieron cerquita, acurrucados, pero él no la abrazó.
Había sido hermoso. Pero había una mancha, un ruido en el engranaje, que Ana no pudo dejar de oír, ni aunque quisiera. Era Francisco. Era Francisco y su paradojal estilo, que la arrastraba hacía él y la separaba con la misma fuerza.
El sol se había instalado hace rato en el día. Ella supo que era hora de marchar y mientras se cambiaba no pudo evitarlo, entonces  preguntó:
- Fran…Francisco…¿te puedo preguntar algo?
-Sí, claro- dijo él, con media sonrisa.
- ¿Qué te gusta de una mujer? ¿Cómo…? Me refiero a…
- Te referis a que si no puedo ver, ¿como las elijo, que cosas me atraen? Dijo, con implacables aires de adivino.
Ana odio que siempre supiera todo. Hizo un gesto como asintiendo, agachando la cabeza, pero enseguida entendió la insuficiencia del esfuerzo y dijo con voz entrecortada:
-sí.
-vos sabes Ana, no toda la belleza entra por los ojos.
- ya sé, no es eso, no tenés que explicarme todo…
- a mí me basta con escuchar una sola vez un nombre, para acordarme para siempre. Si me interesa, claro. Soy tanguero, y melancólico. Mi maldición es no poder olvidar…
La voz me repone la imagen de una mujer de cuerpo entero, me la pinta.
Después se va completando con los olores, con el tacto…
Ana podía acotar cada vez menos, como si se le hiciera una misma nuez la garganta y el corazón.
Él prosiguió:
- y después esta lo otro, lo imperceptible, lo que se le escapa a cualquier sentido por aguzado que sea ... algo que te late muy cerca de acá -señalándose el pecho- una energía muy especial que, quizás de ahí venga mi oficio de fueyero, siempre fue mi brújula. Y, ojo, que con esto no quiero decir que no me haya perdido más de una vez, jaja. Pero tranqui Ana, no es nada de otro mundo. Cada cual hace su canción con lo que puede…
Te noto tensa, te tenés q relajar.
Ana arrojó algunas palabras a medio hacer. Todo su interior era una bomba a punto de estallar. Necesitaba juntar sus despojos y desaparecer.
 -Me tengo que ir, Francisco. - resolvió casi con violencia.

Pasó poco más de un mes, y aunque la muchacha se había jurado que fuera quien fuera Francisco, no iba a escribirle, viendo que su agonía crecía a la par que se deshojaban los días en el calendario, no pudo contenerse. Él le contestó como si nada y le dijo que si quería se podían encontrar.
Los encuentros comenzaron a ser esporádicos pero constantes. Francisco se comportaba como el buen tipo que era, cálido, atento, seguro de sí y de la situación, pero en ella seguía aumentando la sospecha de que había algo que él siempre se dejaba para él.  Ana por su parte seguía en el esfuerzo de editarse a sí misma, de no demostrar de más, de no ser demasiado cariñosa, de que no se le escaparan los hilos sueltos de su pasado, de ese pasado sufrido, de piba pobre.
Una mañana de sol otoñal recién llegado, mientras tomaban mates (nunca tomaban juntos, más de tres o cuatro). Ana le preguntó si se acordaba de esa noche a la salida del Café Discepolín, cuando él le regaló una copia de su primer disco diciéndole que había una de las canciones que llevaba su nombre.
- ¡Ah, viste que vos tampoco te olvidas! Me acuerdo algo, sí. Te dije, toma, úsalo de portavasos si querés. ¿Y vos te quedaste pensando en lo del nombre?
-Intenté imaginar a esa otra Ana, la historia, tu dolor…pero el estilo, aun a mí que soy una romántica irremediable, me pareció un poco bizarro, un poco mucho y me reí bastante. Yo también te hubiese dejado si me escribías algo así, dijo la chica, entre risas, ruborizándose lentamente.
         -Y bueno, era muy joven, mandado…es una larga historia. Pero nunca supe si a ella le llegó. Y posiblemente nunca lo sepa.
 El tiempo siguió transcurriendo, y ellos mejoraban quizás en esa artesanía que se iba pareciendo al amor. Ana iba dejando respirar su cuerpo tranquilo junto al de él, reposando en él, sintiéndolo como agua tibia en esas noches de junio que se iban haciendo cada vez más frías. Él la recorría, la sentía temblar y jadear, la sentía como si se fuera de ella misma, de esa cárcel que era el cuerpo. Ana, se iba resignando a ese ardor al que tanto le temía, a ese dolor indescriptible y desesperante de que por fin alguien la estuviera viendo con los ojos que nadie había podido… y cuando mejor estaban, cuando más lo sentía ella adentro, parte de si, él la soltaba, la apartaba, la dejaba caer con indiferencia, como cuando te suelta Dios.
Una tarde, cuando ya el invierno estaba llegando a su fin, Ana lo citó en el Parque de los Jilgueros, un parque que quedaba casi en la esquina de la casa de Francisco.
La muchacha no se veía bien. Las ojeras de las malas noches habían desdibujado su cara linda, y las gotas grandes y redondas rodaban por sus mejillas. Tomando una bocanada larga de aire, logró decir:
-No puedo seguir con esto Francisco. Y no es culpa de ninguno de los dos. Pero realmente vos nunca… vos nunca vas a poderme ver como yo espero – dijo casi con un hilo de voz-.
Francisco escuchaba, inmutable y movía la cabeza con un movimiento extraño que no alcanzaba a dibujar ni un si ni un no.
- Además -prosiguió Ana- vos sos musico, fueyero, como te gusta que te digan, y un
musico no puede escribir dos veces la misma canción. Y vos ya escribiste la canción de Ana…
La muchacha se dio media vuelta, y comenzó a atravesar los ceibos del parque con fuerza y vehemencia, aunque tornaba a cada rato la cabeza para ver si el bandoneonista ciego salía a buscarla, a correrla desesperadamente, a decirle, “para Ana, yo también…”
Pero eso nunca ocurrió. Francisco se quedó absorto, mirando hacia un punto fijo de la nada, pensando en que otra vez se había hecho tarde, pensando en la canción que le había compuesto esa misma mañana a esa otra muchachita de igual nombre, pero tan distinta en su alma. Esa Ana, que al igual que la otra, tampoco se enteraría nunca de su canción, su triste y aunque ridícula canción de amor.

lunes, 16 de marzo de 2020

Boliche




Yo tuve la dicha de conocerlos y aprender de ellos lo bueno, lo malo, lo que se puede señalar y nombrar y lo que flota imperceptible, indescifrable, aún hoy mientras escribo esto, en el fondo del pecho.
Quién sabe por qué bebe la gente. Así como yo todavía no se bien porqué escribo esto que escribo, quizás si todos en este mundo se hubiesen preguntado porque hacen las cosas que hacen, las mejores cosas de este mundo no se hubiesen hecho nunca.
De cualquier manera, volviendo a lo que quería contar, yo conocí a los hermanos Pilo siendo muy pequeño. Eran dos hermanos de mi pueblo que, aunque parecidos, para mí siempre fueron el día y la noche. Eran gigantes, como dos pilares de cemento sólido. Aunque más que pilares, siempre los imaginé más bien como unos faros. Unos enormes faros que tenían por luces unos ojazos claros por donde se les veía toda el alma. Porque eran claros los hermanos Pilo. Sí que lo eran. Sólo que ellos, desconfiados insalvables, intentaban tapar la transparencia entre vasos, silencios y noches. Pilo Grande se llamaba Alberto y había estrenado este mundo 5 años antes que Genaro, el Pilo menor.
Ambos venían de un mismo jardín, de una misma raíz. Habían sido las semillas de una pareja de tanos que llegaron al pueblo en los años 20, en esos aluviones de inmigrantes que venían a matar el hambre y sembrar esperanzas. Habían tenido la misma infancia y el mismo amor. Y así y todo, a mi nunca me entró en la cabeza, como podía ser que fueran tan distintos.

Creo que esta idea terminó de establecerse en mi, el día que salí a dar vueltas en bicicleta por las calles del pueblo. Era un domingo fatalmente aburrido y yo decidí desempolvar esa vieja costumbre mia. Una de las tantas cosas que extrañaba, desde que me había ido a vivir a la capital, era esa sensación de sentirme dueño de las calles, de sus veredas, del aroma de los árboles, de la armoniosa imagen que devolvían los ancianos tomando mates en sus tapiales. Esa sensación, que se parece a la infancia, de que nada malo puede pasarte.  Iba asi, distraido en mis cavilaciones, cuando me topé sin darme cuenta, con la casa de Genaro. Me llevó por delante la sorpresa. La casa estaba venida abajo, prácticamente abandonada. Lo primero que pude pensar fue sí él se encontraría bien. Los yuyos más bajos me llevaban dos cabezas, y eso que me conocen como el “Lungo”. El frente de lo que había sido un hermoso chalecito, era ahora el principio de un bosque denso y desentrañable. Quizás Genaro se había empezado a desmoronar junto con su frente, el día que la Rubia se fue. A los días me lo crucé por la calle y supe que andaba bien, o por lo menos, como siempre. Genaro era un personaje. Así, a secas. No importa si de película o de novelas o de qué. Un personaje de historias, de pequeños y grandes segmentos de una vida vivida al límite, jugando con fuego, pero conociendo a la perfección las reglas del juego. Un personaje que no cualquier escritor se hubiese bancado inventar. A mí me fascinaba. Quizás porque yo nunca podría ser así. Genaro fue para mi el último bohemio. Un tipo aliado de la noche y de todos sus encantos y venenos. Rebelde pero sin siquiera planteárselo. Guapo sobreviviente de la colimba, de quedar sin padre en plena adolescencia, y de una mujer. Y hasta aquí nada muy fuera de lugar para este tipo de escenas. Pero, en el medio de todo eso, fue incansable deportista, trabajador de oficina que jamás se tomó vacaciones. Y padre soltero. Y también fue iniciatico para mi, en esos momentos cruciales de mi vida, como la hora de todo hombre en que se cruza por primera vez con la noche y todo cambia para siempre.
Hace muchos años que yo me fui de aca. Por eso le perdí bastante el rastro. Pero era una de las primeras personas en cruzarme cuando volvía, casi siempre solo o con compañías ocasionales, tomando un café a la mañana, haciendo los crucigramas del diario, tomando un vino por la noche.  
Pilo grande había corrido otra suerte. Él había encontrado una morocha fuerte que se tomó muy enserio lo de “hasta que la muerte los separe”. Y ahí estaban, con treinta y pico de años de matrimonio, hijo y nietos.

Alberto era un tipo grandioso. En el pueblo no había una sola persona que no lo quisiera. Los años, a veces justos, lo habían retribuido, haciéndolo dueño de una gran calma y sabiduría. Sensible había sido siempre. Gran lector, amante del tango y del jazz, zurdito. Era un coleccionista. No solo de extensos biblioratos donde ordenaba desde diferentes criterios, fragmentos de todo lo que pasaba por sus manos, ojos u oídos. Si no también de personajes. De seres, esos con brillos particulares que solo los pocos privilegiados con una sensibilidad fina y amiga del detalle, son capaces de percibir.
Pilo también tuvo una amante. Una amante de cuello largo, pero a diferencia del menor, él la había dejado de abrazar hace mucho tiempo ya.
Y su casa, y el frente de su casa, con el césped verde y al ras, y numerosas plantas y flores de buen aroma y color, era la más linda de su cuadra.
La última vez que vi a los hermanos Pilo fue por separado, hace varios años ya. Muy contadas eran las ocasiones en que te los podías encontrar juntos. Otra peculiaridad de su existencia, el vínculo que tenían entre sí. Nunca vi a dos hermanos tratarse con tanta distancia, con tanto respeto hasta parecido al temor. Y sin embargo, se profesaban un amor profundo e imposible.
A Genaro me lo encontré de casualidad -aunque quizás yo iba un poco en su búsqueda- en un antro que atendía una mujer muy flaca sobre la ruta del pueblo. Era básicamente un almacén que en verano tenía una mesa larga de madera sobre la vereda que daba a la ruta y que en invierno funcionaba de igual manera, pero en un galpón de mala muerte que quedaba pegado al almacén.
Hace años que yo no pasaba por ahí, porque desde que me había ido a estudiar a la capital, volvía al pueblo cada vez menos.
Recuerdo que dejé mi bicicleta sobre un árbol y me fui acercando a la mesa, largo, titubeante y tímido como soy. Genaro ni bien me vio me pegó un grito con su vozarrón inolvidable: "¡qué haces pibe! Me acerqué y lo abracé fuerte y algún que otro concurrente me levantó la mirada, indiferente. Genaro le pidió a la flaca un vaso para mi e inmediatamente estuve otra vez siendo cómplice de su dimensión, de esa dimensión pintada con el color de las uvas. La escena vista desde afuera era más o menos la siguiente: 7 borrachos sentados alrededor de una mesa de madera con mantel de hule, tomando variedad de vinos tinto baratos. Muy baratos. Cajitas y alguna que otra botella. Comían unos sanguches de carne, o hamburguesas, el menú que la flaca gentilmente ofrecía noche a noche. Genaro me puso al tanto de la situación, inmediatamente: el pelado de la punta se dormía todas las noches y el pibe de al lado -que "no tenía todos los patos en fila"- aprovechaba y le bajaba la botella. Luego el pelado, tras algunos cabezazos, se incorporaba y puteaba de buena gana al ventajero borrachín de los patos desordenados. Así, con mis carcajadas y con su gesto impune y su cara inmutable, iniciaba una larga charla que me paseaba por miles de historias, anécdotas y delirios en los que yo iba entretejiendo a pinceladas un país y un pueblo que no conocí. El asunto del cabaret siempre me impactaba más de la cuenta. No sé si golpeaba directamente en mi propia vergüenza, no sé si era por él o por mí que me incomodaba o quizás que me entristecía. Esa última noche, supe que Genaro ya no me veía como ese niño al que le había enseñado básquet tantos años atrás, sino como un adulto, el adulto que, aunque me negara, estaba creciendo adentro mío.
- Antes era otra cosa, pibe. El cabaret era un espectáculo, tocaban las mejores orquestas del país, se pasaba un buen rato. A mí ya me conocían y me mandaban a las minas más lindas. Bah, no me las mandaban, venían solas. Yo tenía una pinta bárbara. Pero era otra cosa, no eran los tumbaderos que hay ahora. Yo salía con ellas. Si una me gustaba, la llevaba a comer, al teatro, a los bailes. Pero siempre en la noche, estaba determinado así. Y los de la noche nos conocíamos todos... después estaban los giles que salían nomas los fines de semana y encima te la querían contar. Yo no. Por aquellos años no dormía. Llegaba cerca de las 7, me duchaba y a la oficina... después a entrenar y después otra vez la noche, dispuesta sobre el mantel...
Yo acotaba poco, más que nada preguntas, me gustaba escucharlo, verlo hacer su personaje. Porque después cuando fui creciendo supe -y ahí está  ese desgarro del que hablo, ese empezar a aceptar al mundo y a su gente como realmente son y no como vos quisieras- Genaro, detrás de ese vozarrón grave y ese porte de hombre de la noche, que se peleaba con todo el mundo de café en café por Política o no tenía reparo en decirle en la cara a alguien "Este es un insoportable", era un tipo sensible y lleno de tristezas, que no sabía esconder los ojos vidriosos cada vez que escuchaba o hablaba de algo con lo que no podía.

Con Alberto, como ya había dicho, era otra cosa. A él Hace tiempo que no te lo cruzabas en un boliche. Una tarde de otoño, esas que anuncian que si la próxima no te abrigas te vas a cagar bien de frío, Alberto había resuelto dejar de tomar para siempre. Los parroquianos nunca supieron bien cuál de todas fue la gota que colmó el vaso. Pilo grande, de amabilidad de acero, si hay algo que odiaba, era dar explicaciones sobre lo obvio. Lo cierto es que jamás, hasta el día de hoy, o hasta esa última tarde que yo lo vi, volvió a probar una gota de alcohol.
"¿Para qué? si yo ya tomé para esta y un par de vidas más" solía decir, con esos giros literarios con los que siempre deleitaba a quienes tenía cerca.
Esa tarde que lo encontré, compartimos un café en la confitería de la terminal, mientras yo esperaba el bondi que me devolviera a casa. Charlar con Alberto era un verdadero placer. Su estilo, como ya he dicho, era otro. Si bien de pueblo, si bien de barrio y de club (también había sido entrenador mio), él era un intelectual, una enciclopedia sensible y viva. Esa tarde, no sé si por necesidad, no se si por casualidad, el propuso el tema, lo sacó y lo dispuso sobre la mesa, entre las servilletas y los restos de miga de bizcochos y medialunas.
Me extendió la mano: era un recorte del diario Clarín que se titulaba: " Cuando el escritor de la borrachera desmintió el romanticismo del alcohol.” Tragué saliva porque lo supe: otra vez me iba a ir con las visceras revueltas, solo por tomarme un café con el Pilo Mayor. De modo que me entregué, sin más. El artículo era preciso: datos estadísticos sobre el nivel de alcoholismo en nuestro país y otros importantes. En un acertado contrapunto con citas de Abelardo Castillo y su búsqueda por desromantizar al alcohol como musa de los escritores y artistas.
- Nadie sabe por qué toma, Lungo. Simplemente lo hace. Si el alcohol es bueno o malo, esas son puras macanas. El otro día, pasé de Otilia, porque mi señora le había encargado unas empanadas por el 25 de mayo entonces las fui a buscar. "Beto querido tanto tiempo". La verdad que si. Mucho. Y me puse a mirar. Había 4 mesas: en una había 3 muchachos y en las otras 3, un sólo tipo por mesa. ¿Qué tan infeliz puede ser una persona? ¿Qué hacen, que buscan ahí sentados, solos, con un vaso de vino en frente? Y yo hacía lo mismo.
En mi época, yo me recorría todos los boliches. 6 o 7 por día. Salía de uno y entraba en otro. ¿Para qué? Me dirás vos. No lo sé. Yo tenía ansiedad, tenía que verlos a todos, escuchar que hablaban, entender, matar el reloj o matarme a mí, que se yo. Después volvía a mi casa y se terminó. Qué buscan, a quien esperan estos tipos en el fondo de esos vasos, de esas botellas. Nadie lo sabe.
Pero yo sé que él si sabía. Y lo sabía de sobra. Como no lo iba a saber, si era de los hombres más inteligentes que yo alguna vez pude conocer. Pero si hay alguna cosa que Beto no encontró nunca, ni en el fondo de la botella más oscura, más profunda, fue valor en sí mismo…

-  Por ejemplo, es como si yo ahora, que dejé de tomar hace 10 años, me pusiera a evangelizar sobre los beneficios de dejar de pegártela todas las noches...quizás algunos dirían "que ejemplo, el Pilo, como se superó", pero los más dirían, " quien se cree este borracho para andar predicando".
Así era él. Decía estas cosas, entre risotadas y sus ojos claros y límpidos clavados en los tuyos. Y uno no sabía si largarse a llorar, abrazarlo, pedirse un whisky doble o salir rajando. Que hoy lo escriba, no tiene ningún sentido, porque todo lo que me falta comunicar, está en esa mirada que, sospecho, no me va a dejar nunca en paz. Esa mirada que encerraba temor, o algo parecido a la vergüenza. Esa vergüenza de borracho de pueblo, de borracho conocido, que te queda pegada en la piel, junto con las cicatrices de tantas caídas, de tantos papelones, de tantas noches viejas y frías.
Yo nunca supe que hilo invisible me unía tan irrefrenablemente hacia los Hermanos Pilo.
Si es que comencé en esto de la bebida por sentirme cerca de ellos, por ser merecedor de su cariño, o es que ese ver la vida a través de los cristales de un vaso ya estaba en mí, venía en mí y eso me unió a ellos. No sé si sus abrazos me calmaban la ausencia de ese viejo que casi no conocí. O si sus anti-consejos me fueron vitales para sobrevivir y rasgar con puñales de luz este enorme muro negro ante el que nos han puesto.
Yo tampoco sé por qué bebo. Pero hay algo que sería deshonesto callar, y que de alguna manera me aleja de esos 7 borrachos que me encontré en el boliche esa noche, con Genaro. Yo también me siento sólo a veces. Pero no sé si la soledad tiene el mismo rostro para todos. Y aunque con muchas dificultades, yo aun le afano un par de oportunidades a esta puerca vida. Todavía quizás estoy a tiempo de que una mujer buena me espere.  Estas cosas me ponen -lo quiera o no- en otra vereda. Quizás la tengo más fácil, quizás sólo bebo por un capricho. O no. Quizás, aunque con diferentes matices, todos buscamos lo mismo. Cada uno, aunque ni lo llegue a sospechar, sabe que infiernos intenta apagar…

Crónica de una noche con el ídolo

  Me había enamorado. Y pfff, ¡De qué manera! Por esa época no tenía yo ni un cobre, por más que me diera vuelta como un bolsillo del derech...