El consultorio quedaba en un barrio venido a menos, cerca de
la estación de trenes del norte de la ciudad.
El mismo también estaba venido a menos, mejor dicho, como se sostiene un
edificio que alguna vez fue nuevo y en el que se imprimió irremediablemente el
paso del tiempo. El consultorio era a la vez la casa de don Carlos, un viejo
bueno, odontólogo de profesión. Los platitos de porcelana, los recuerdos de
viajes a San Clemente del Tuyu y Misiones, los osos y peluches avejentados de
tierra colgados en las paredes o distribuidos sobre algunos muebles, daban
cuenta de la inmovilidad que esa sala de espera sufría desde por lo menos los
años 70´.
Quizás no era abandono. Quizás se trataba solamente de
simpleza. Carlos el odontólogo parecía él mismo un monumento a la escasez, a lo
estático a lo inmutable. Echando un vistazo a su aspecto era fácil inferir que
el delgado y envejecido hombre comía todos los días lo mismo: un bife de carne
vacuna, un pedazo pequeño de pan y un vaso de vino rebajado con soda. Su ropero
mismo era una máquina de repeticiones, un compendio de chombas, todas del mismo
estilo y color.
Sin embargo, esto no tiene demasiada importancia. Ella iba
porque era el médico de dientes más barato del mundo entero. Huérfana eterna de
las obras sociales, encontrar a Carlos había sido un verdadero milagro, una
jarra de agua fresca en el árido desierto de la salud pública.
La muchacha llegó al consultorio a eso de las 11.15, era un
martes de octubre y estaba bien de ánimos a pesar de todo, a pesar de los
nervios, de la humedad y del calor.
-Hola Carlos.
-Hola Albertina, pasá, dijo el hombre, entre resignado y
condescendiente. Hacía meses que venía renegando con esta paciente y sus
problemas con la muela, y más de una vez hubiese deseado simplemente no
atenderla, pero su vocación y su inclinación hacia los espíritus débiles se lo
impedía ferreamente.
-Qué calor, Carlos, que calor. ¿No?- dijo la chica, pasándose
una mano por la frente transpirada.
-Si, está pesado hoy.
De fondo se escuchaba la a.m 750 que Carlos tenía siempre
prendida. Era un completo animal de costumbre.
-Sentate, ponete cómoda. ¿Sos diabética Albertina? ¿O estas
tomando alguna medicación?
-No, ninguna de las dos que yo sepa, hasta ahora.
-Bueno, entonces vamos a poner la anestesia.
Ay, anestesia, que linda palabra. Si cada vez que la vida se
pone jodida pudiéramos ir hasta un remoto depósito a que alguien nos
anestesiara un poco… que diferente sería el discurrir de los días en la tierra,
¿No?
Albertina hace años que venía encontrando anestesia en los
lugares equivocados. Por eso terminaba llegando a las resoluciones siempre en
las ultimas, aprendiendo siempre del riesgo, del ultimo minuto, del borde que
separa por una pizca, lo que es de lo que no es, lo oscuro de lo luminoso, la
vida de la muerte. Con la infección no fue una excepción. Hasta que no se vio
en las penumbras, con toda la boca hinchada, herida de muerte, llorando en bicicleta
un domingo buscando una farmacia de turno, sintiéndose sola y abandonada por el
mundo, no se decidió a que era hora de ponerle un punto final al asunto de esa
bendita muela. Pasaron quince días hasta que la muchacha, ya sin antibióticos
ni infección, pudo llegarse hasta el consultorio de Carlos. Y ahora por fin
estaba ahí ensayando la no resistencia, entregándose a la extracción.
Se acomodó en la silla y abrió la boca con determinación. Pero
cuando el odontólogo alumbró para poner la anestesia, sucedió lo inexplicable.
Carlos se apartó hacia atrás sacando bruscamente las herramientas
de la boca de Albertina y al instante dijo, con turbación en los gestos y un
rostro que iba cediendo cada vez más a la palidez:
-Albertina… yo nunca… en todos estos años… había visto algo así.
Nunca. Esta muela tiene…es como la cara
de… una señora… mejor dicho…si, ¡es una señora!
- ¡Qué decís Carlos! A ver mostrame -dijo con desesperación
la afectada-.
Cuando Carlos le alcanzó el espejo, mientras la alumbraba,
un extraño escalofríos le recorrió el cuerpo. El desconcierto, el calor y la
luz fija en su boca comenzaron a marearla, a bajarle la presión. Pero a la vez algo
del orden de lo familiar se apoderó de su semblante, como si en el fondo ya
supiera que ese día algún día llegaría.
-Es mi madre Carlos, sacala – ordenó, con una frialdad inusitada-.
El pobre hombre jamás en veintisiete años de servicio había
visto algo semejante, pero aunque desconcertado, echó mano a su practicidad, a
su especial monotonía que le quedaba tan a mano como el torno y las pinzas y le
pidió que volviera a abrir grande la boca advirtiéndole que iba a sentir los
pinchazos de la anestesia en la encía y en el paladar.
La muela-madre al parecer ya no podía hablar. Aunque dolía,
molestaba y seguramente interfería en las decisiones de Albertina, como todo lo
que condiciona desde el dolor. Estaba ahí en el costado izquierdo de su boca,
desde hace mucho o desde siempre, petrificada, infectándolo todo con sus raíces
mal habidas. Carlos ya le había advertido tiempo atrás que esa muela, al
principio medio oculta, no estaba bien y que ya no se podía hacer mucho por
salvarla, que simplemente habría que extirparla cuanto antes si quería realmente
dejar de sufrir.
Cuando la anestesia comenzó a hacer efecto, Carlos le
preguntó si sentía algo. Tras la negación de la muchacha, procedió a introducir
las pinzas. El caso era complicado porque la muela ya no estaba entera, lo que impedía
un sujetamiento completo, una extracción rápida y de un tirón. Encima, las
raíces estaban muy agarradas. Y a eso se le sumaba el nunca antes visto rostro
impávido de una señora de aproximadamente 60 años, inmóvil, en el centro mismo
del diente enfermo.
Comenzaron los
tirones, el hombre se sentía turbado. En un momento dudó de seguir con la operación,
le parecía todo una locura-. Se sintió peor aun cuando tuvo que asumir que la mujer
en la muela era muy hermosa.
Como pudo, se concentró en su trabajo y comenzaron a salir
los pedacitos de diente. Pero las raíces ni se mosqueaban. Al primer sacudón
significativo, Albertina dejó caer las primeras lágrimas. Ahí recién comprendió
con tristeza que, para algunos casos, quizás los más importantes de esta vida,
no había anestesia que alcanzara. En los velos más indefinidos de su inconsciente,
nunca remotamente había imaginado el día en que un odontólogo pudiera por fin
extirparle a su madre de la boca. Siempre había estado allí y en el fondo ella
siempre lo había sabido. Los tirones y el manoseo de los dedos de Carlos en su
boca la arrancaban de sus abstracciones. Él por su parte siguió escarbando con
sus pinzas y en un momento, el grito de Albertina lo detuvo.
-¿Te duele ahí?
-Si, me duele mucho, ¿por qué?
-Es que esa es la raíz infectada. Vamos a volver a poner
anestesia, y si no te calma, no vamos a poder seguir.
Las palabras de Carlos la turbaron, como quien quita de
golpe una esperanza. Abrió la boca, entregada a los pinchazos, rogando que ese
martirio por fin se terminara.
Habían pasado treinta minutos cuando el hombre extrajo la
primera raíz. Aun quedaban dos. Albertina se impacientaba, no podía tolerar que
erradicar a esa vieja de ahí costara tanto. Veía ir y volver a Carlos buscando
una pinza, sacando una gaza, abriendo un cajón. Veía renegar tanto al hombre
más inmutable del planeta, que no quería ni imaginarse lo caro que le saldría
todo.
Albertina transpiraba, pero nunca tanto como el pobre señor.
Un cuarto de hora después, salió la segunda.
Paradojalmente el dolor no disminuía, sino que, por el
contrario, iba en aumento. Y todavía faltaba última raíz: “Es la que más
complicada está, porque es la infectada”.
Un rato más, pesado y eterno, todavía un rato más fue
necesario para que algo dejara de ser para siempre en la boca y en el interior
de la joven muchacha. Y sucedió. Después de la sangre, después de las lágrimas
y de todas las idas y las vueltas, sucedió.
Cansado y abatido como alguien que sobrevive a una guerra, Carlos
le dijo con palabras que no parecían suyas, que ya no tenía a su madre en la
boca. “Quiero decir, que ya no hay muela ni raíces que vayan a molestarte”. Albertina no sabiendo si reírse o llorar,
asintió aliviada.
¿Qué había sido todo
eso? ¿Cómo era posible? ¿No nos separan de ellas para siempre tras ese llanto
inaugural en el que abrimos los ojos al mundo? ¿Por qué había estado siempre
ahí, haciendo daño?
Carlos comenzó a limpiar el hueco, a remover los restos que
ya no servían y a descorrer los desechos. Un hueco perfecto y rojo había
quedado en el costado izquierdo de la boca de la muchacha.
El primer acto reflejo que tuvo la chica, fue el de pasarse
la lengua por donde antes había estado esa muela que la acompañó toda su vida.
-Me siento aliviada Carlos, pero es raro… no sé, como un vacío…como
que me falta algo, aunque es lo que esperaba...
-Y si, y ya no te va a doler más, que es lo que querías. Pero ahora
vas a tener que aprender a vivir con su ausencia, Albertina…