domingo, 30 de agosto de 2020

Crónica de una noche con el ídolo

 Me había enamorado. Y pfff, ¡De qué manera! Por esa época no tenía yo ni un cobre, por más que me diera vuelta como un bolsillo del derecho y del revés. No encontraba un centavo, menos para libros. Si inocentemente quedaba un resto de algo, era gentilmente quemado a la vera del río, en latas de cualquier cerveza. Es que era enero y había que sobrevivirlo de alguna manera. Pero eso no me impidió leerlo con voracidad, con desesperación. Era pobre pero no completamente pobre: tenía tiempo. Y tener tiempo en enero, aunque la humedad y la soledad me engulleran, era por lo menos, un atisbo de esperanza. Yo tenía su nombre merodeándome hace rato, pero alguna cosa indeterminada me alejaba aun de él. Hasta que un día cualquiera un título de la biblioteca de un amigo que corría la misma suerte que yo pero que anteponía la erudición al alcoholismo, me lo cedió sin vueltas. “El origen de la tristeza” era muy prometedor para lo poco que yo esperaba de aquellas noches. Al principio, debo confesar, me fue más fácil desconfiar. Si bien era un autor “consagrado”, su contemporaneidad y posibilidad de cercanía me hacían desconfiar. Por un lado, porque siempre hice un altar del reniegue. Y por el otro, porque aquello “lejos y hace tiempo”, inasible, imposible de contrastar con el aquí y ahora, siempre había ejercido un poder sobrenatural en mí, pues la melancolía era un estilo y una trinchera para mi manera de ver el mundo y las cosas. El primer capitulo no provocó en mi nada muy alejado de estas orillas. Ya para el segundo, algo se había empezado a abrir en mi pecho, y para la última página (que no fue más que tres o cuatro días después de haberlo comenzado) comencé a llorar. ¿Recuerdan donde estaban cuando terminaron un libro que les arrancó un pedazo? De piel o de alma. Lo mismo da. Por la razón que sea.  Yo estaba bajo una santa Rita que marcaba el límite entre la naturaleza y la ruta, en un parque que me quedaba cerca del trabajo, buscando algo más o menos poético o que por lo menos me diera un poco de sombra en medio de aquel infierno de hormigas y sol. Y así saltando, medio renga, me fui a la segunda novela y aun a la tercera. Había encontrado algo. Luego de tanta búsqueda, de tanto revolver cajones, bolsillos, estantes llenos de tierra donde no iba a poder siquiera caerme muerta, había encontrado algo. Esta vez, sin resolverlo conscientemente, fue la obra quien me llevó al autor y no a la inversa, como me había pasado en numerosas ocasiones. Cuando ya había terminado de leer todo lo que habían podido prestarme, y no pudiendo adquirir lo que me faltaba por mis propios medios, me adentré en ver quien rayos era ese desconocido cuarentón ex adicto a quien casi conocía más que a mi propio hermano. Entonces supe algunas cosas, que claro, habían estado en sus páginas todo el tiempo: que la tristeza había comenzado en el entrañable e irrecuperable conurbano bonaerense que ya nunca más será.  Que había sido un heredero directo del tango y por lo mismo, de la nostalgia. Que venía de una casa pobre pero no tanto, de padres que habían sacrificado sus sueños y deseos para que a él no le faltase nada. Y que igual le faltaron muchas cosas. Border de los títulos y las instituciones. Mal amante de mujeres y sustancias. Lector voraz. En síntesis, prontuario de la única clase de escritores que yo podía concebir para aquel momento. Lo adosé sin demasiadas vueltas o cuestionamientos, a mi altar de héroes marginales que ya sabía que debía haber quemado hace tiempo. 


Deseé tanto, deseé tanto que esa noche no hubiese existido, que se me hubiese echo tarde, que simplemente me hubiese ido a la hora que tenía que irme. Pero eso fue mucho más tarde. De momento era yo y mis circunstancias, y mis circunstancias eran estas: en medio de un enamoramiento que me había jurado una y mil veces que dejaría de ser así, pero que no me bancaba del todo abandonar. Ese escritor era como verme en un espejo del futuro. Nos unían la misma imposibilidad y la misma melancolía. Me veía reflejada en su estilo, tan visceral y autorreferencial, en sus excesos, en su lucha desesperada por ser...Y escribir. Y fundamentalmente en algo que me permitía dormir tranquila apesar de los mosquitos: siendo fiel a un estilo, "había llegado" como de seguro dirían en su barrio. Y también en el mío. 

Como todo lo que el tiempo hace con los exabruptos, yo ya casi estaba por pasar a otro tema cuando una amiga me avisó que mi aclamado autor estaría presentando su nuevo poemario en un antro de luces rojas y tragos a precios módicos. Me inundó la emoción. Intenté no cargar el evento de expectativas. Superpuse planes, rubro en el cual me especializaba. Pero pese a todo allí estuve esa noche. Puntual como nunca, con algunos pares de amigos acompañando. El calor sofocante y la humedad contenida en un cielo casi rojizo, eran casi una continuación de la escenografía de “Luzbelito”. Nosotros estábamos ya bien adheridos al ambiente, siendo parte de alguna suerte del Todo. El lugar era chiquito pero condensado, como el olor que emana un corazón achicharrándose. Las demás personas iban llegando de a poco. Ni bien cruzó la puerta vi que me vio mirándolo.

No poder traducir con precisión que me dijo esa mirada, habla de lo mucho que me falta en el oficio. Pero si hay algo que no voy a olvidar, es esa sensación, prematura o premonitoria (después lo sabría) de que a veces, consagrarse con las palabras no sirve para nada, no alivia ningún dolor. La noche ya se había subido al tren y nosotros con ella. Afuera se estaba por caer el cielo y adentro ya no cabía un alfiler.  Él agarró el micrófono y comenzó, vehemente, seductor, esclavo de ansiedades ancestrales. Yo debí anticiparme y no quise o no lo pude hacer. Pienso que es como querer evitar un accidente o un desamor. Un esfuerzo inútil. Sus poemas eran incisivos, pesados, sin dejar de ser sinceros, profundamente tiernos. A la par que se desangraban las páginas, también él con sus vasos de whisky. En un momento el charco lo rodeo completo: “Cambiaría a todos ustedes y toda esta noche por una merienda con mi hermana". Fue suficiente para que algo así como la lava de un volcán se esparciera por todo el antro. 

Yo tenía cómplices, pero a la vez, era como si el único que realmente me entendiera fuera él. En su locura, en su irse a la banquina, en su dolor. Cada tanto agarraba mi celular y me oprimía la hora en el reloj: hora de retirarme hacia el plan superpuesto. Pero no podía irme sin acercarme y decirle algo, lo que fuera, que lo leía, que lo conocía, que lo quería. No tuve que hacer mucho esfuerzo. Era un pibe de barrio, sólo eso. Le hablé de no sé qué cosas, sueños y proyectos, un espacio cultural que sosteníamos con amigos. Él estaba cada vez más borracho y perdido en vaya a saber que profundos y neptunianos océanos interiores. Y a la vez muy presente. Me dijo que armara lo que quisiera y que él vendría. Nada podía salir mal esa noche. Hasta que todo salió mal.

 La llegada de una mujer. Siempre una mujer. Una mujer que viene y cambia el curso de las cosas, o las encauza, o hace que las máscaras se rompan en mil pedazos o simplemente que las verdades y la luz se encuentren en un mismo plano. Esta mujer, joven promesa de las letras en nuestro entorno, le hizo morder la cola. Al principio intentó seducirla desde el paternalismo y la ternura. Pero cuando vio que la presa en cuestión no se doblegaba ante el “escritor célebre”, no le quedó más que mostrar la hilacha. Ella le había recitado de memoria el inicio de su primera novela, recientemente publicada. “Eso desde el vamos, está muy mal escrito” dijo con violencia, y a continuación, repitió el decálogo perfecto del escritor machista. Mi tristeza, como testigo casual de la escena, fue al menos en tres direcciones: primero por la humillación hacía la mujer; segundo, porque no fue original ni siquiera en su violencia: recurrió a los lugares más comunes, miserables y vulgares que se les pueda ocurrir. Y tercero, por ver como él mismo era artífice activo de su propia ruina. Afuera se había largado a llover con prisa y sin pausa. 

De allí en adelante, fueron muchas las noches en que mirando mi biblioteca, contemplando los libros de él que nunca me compré, repetí para mis adentros: qué hubiese dado porque esa noche no existiera, porque se me hubiese echo tarde como siempre se me hacía, o que simplemente me hubiese ido a la hora en que tenía que irme. Que hubiese dado por conservarlo como ese perfecto conocido totalmente desconocido, por seguir amando algo que finalmente no me atrevía a mirar de frente, y ahí está, precisamente lo que allí arriba no pude narrar. Porque él siempre había sido eso. Él nunca se había ocultado, ni siquiera entre sus páginas.


domingo, 28 de junio de 2020

Escenas II: "Turismo costeño"


                                                             "Yo te quería amar y no sabía tu nombre" - Charly García

Salgo luego de varios días de encierro. Sé que tengo que apurarme: el invierno comenzó en todo nuestro hemisferio y los rayos del sol a esa hora de la tarde y con esa nubosidad extraña, cotizan a un precio que no podré pagar. Con paso ligero comienzo a atravesar el parque que me separa del río. Vengo distraída, otra vez afectada por el amor y sus embates. No obstante, mi actitud contemplativa es irrenunciable y no me pierde los pasos. Giro la cabeza a la derecha: adolescentes saltando en rampas con sus bicicletas bmx y sus skates. Giro a la izquierda: un fuego prendido en una grieta del puente que separa el parque de la avenida. Miro un poco más y los veo: son un par y viven, no debajo del puente sino en el centro mismo, en un agujero que se le hizo al hormigón; están secando ropa sobre un tejido de alambres que está a continuación de la grieta. "Son casi primitivos" pienso instantáneamente. “Están agrietados”.  Me quedo observando el fuego y pienso en como extraño prender uno con amigos, danzar alrededor y jugar a ser lo que no somos. Pero es difícil prender fuegos en los departamentos.
Sigo caminando, me vuelven a ganar los pensamientos mundanos mientras atravieso la avenida. Me topo con él y se me olvida todo: también está agujereado, sangra, pero aun así sigue siendo inmenso y hermoso. Entre un cielo de colores de la gama de la tristeza, algunos últimos destellos anaranjados hacen sobrellevable la escena. Yo estoy de la baranda para acá, donde nunca pasa nada, donde se camina segura y se recrea la vista, se hace ejercicio, en fin, donde se vive la buena vida. Ellos están de la baranda para allá: en sus bicicletas, en sus motos, llegan desde barrios remotos con sus cañas y un par de bolsas cargadas de anzuelos, urgencias y ansias. Me inclino a pensar que los mueve otra cosa que no tiene que ver con el valor turístico o sentimental de arrimarse a ver el río. Algo que se me figura lejano y ajeno, como pedazos de una vida que nunca tendré necesidad de tener. Y están ahí, intentando pescar algo, migajas de un río que se está quemando. Sigo avanzando, pero la libertad se choca con los límites de la elección. ¿Por qué lado seguir?  hacia el norte la civilización se presenta llana y expectante: todo un paseo nuevo, diseñado, gris y frívolo. Pedazos de shoppings y edificios caros desterrando para siempre los recuerdos del puerto donde una vez comenzó todo. Opto por el sur. Camino, escucho música, intento escabullirme en las canciones y alejarme de los pensamientos, de los sentires que se van volviendo pesados y duros y se apelotonan en eso que llaman corazón. "Nadie supo que el tiempo era una herida" me arroja una canción y aunque quiera, no puedo hacerme la desentendida. Extiendo las manos y la tomo, antes que caiga al suelo, antes que se la trague el río o se la lleve por error un pescador. Pienso si quizás no nos mintieron otra vez, como en los cuentos de hadas y el tiempo en realidad no cure nada y yo te siga esperando como siempre. Como ayer. Camino. Llego a un banco de madera y reposo unos minutos. Sigo avanzando y entonces veo la escena que me atraviesa entera: un loft, como lo llaman en el centro. Un monoambiente. Solo que clavado en el medio del Paraná. Sin techos ni paredes. Es una explanada de cemento del tamaño del departamento de cualquiera de mis amigos. Está lleno de cosas cotidianas, de la vida común y corriente de todos los días. Es como una mudanza flotante. Pero no. Las cosas están dispuestas y ordenadas, marcando diferentes ambientes. Hay unas macetitas en el lugar de lo que oficiaría como balcón. Yo me cuelgo contemplando sin pudor, casi sin conciencia, otra vez, como si el tiempo no fuera nada, solo una herida. No veo a nadie hasta que se me acerca. Es una mujer flaca, de piel marrón, curtida. De gesto amable. Le pido perdón por quedarme mirando así, sin la capacidad de formular ninguna excusa más o menos creíble. Me dice que no pasa nada, me lo dice sinceramente, con una mirada límpida, sin ofensa ni reclamos. Le hago un par de preguntas, con quien vive, si esta hace mucho. Le señalo el fuego y me dice que ahora tiene que calentar el agua para el mate así, porque la otra noche le robaron la garrafa. Yo le respondo tonterías turísticas, o no, pero que en ese momento así me parecen, inútiles, como yo ahí, hablando con ella desde este lado de la baranda. Respondo entre la abstracción y el automatismo, porque algo en la escena se me metió adentro y no me deja reaccionar. Me dice que se llama Vero. “Media verónica”, pienso inmediatamente. Es flaca como media verónica, pero así y todo sonríe y no parece ocultar ninguna tristeza. Dice que vive hace mucho en ese loft que da al río. Por supuesto, no usa tales palabras. Me responde que tiene hijos pero que claro que no los tiene ahí con ella.” ¿Cómo va a calentarlos sin garrafa?” Pero no digo nada, quizás solo con los gestos y con una media sonrisa apagada como la tarde. Me dice que me vio muchas veces, le digo que vivo cerca. “Qué lindos rulos” y le agradezco el elogio. Logro deshacerme de su mirada y miro hacia el cielo. Ya no queda una pizca de sol, y el río se ha vuelto un espejo gris que se traga toda la escena.

domingo, 3 de mayo de 2020

Muela Madre


El consultorio quedaba en un barrio venido a menos, cerca de la estación de trenes del norte de la ciudad.  El mismo también estaba venido a menos, mejor dicho, como se sostiene un edificio que alguna vez fue nuevo y en el que se imprimió irremediablemente el paso del tiempo. El consultorio era a la vez la casa de don Carlos, un viejo bueno, odontólogo de profesión. Los platitos de porcelana, los recuerdos de viajes a San Clemente del Tuyu y Misiones, los osos y peluches avejentados de tierra colgados en las paredes o distribuidos sobre algunos muebles, daban cuenta de la inmovilidad que esa sala de espera sufría desde por lo menos los años 70´.
Quizás no era abandono. Quizás se trataba solamente de simpleza. Carlos el odontólogo parecía él mismo un monumento a la escasez, a lo estático a lo inmutable. Echando un vistazo a su aspecto era fácil inferir que el delgado y envejecido hombre comía todos los días lo mismo: un bife de carne vacuna, un pedazo pequeño de pan y un vaso de vino rebajado con soda. Su ropero mismo era una máquina de repeticiones, un compendio de chombas, todas del mismo estilo y color.
Sin embargo, esto no tiene demasiada importancia. Ella iba porque era el médico de dientes más barato del mundo entero. Huérfana eterna de las obras sociales, encontrar a Carlos había sido un verdadero milagro, una jarra de agua fresca en el árido desierto de la salud pública.
La muchacha llegó al consultorio a eso de las 11.15, era un martes de octubre y estaba bien de ánimos a pesar de todo, a pesar de los nervios, de la humedad y del calor.
-Hola Carlos.
-Hola Albertina, pasá, dijo el hombre, entre resignado y condescendiente. Hacía meses que venía renegando con esta paciente y sus problemas con la muela, y más de una vez hubiese deseado simplemente no atenderla, pero su vocación y su inclinación hacia los espíritus débiles se lo impedía ferreamente.
-Qué calor, Carlos, que calor. ¿No?- dijo la chica, pasándose una mano por la frente transpirada.
-Si, está pesado hoy.
De fondo se escuchaba la a.m 750 que Carlos tenía siempre prendida. Era un completo animal de costumbre.
-Sentate, ponete cómoda. ¿Sos diabética Albertina? ¿O estas tomando alguna medicación?
-No, ninguna de las dos que yo sepa, hasta ahora.
-Bueno, entonces vamos a poner la anestesia.
Ay, anestesia, que linda palabra. Si cada vez que la vida se pone jodida pudiéramos ir hasta un remoto depósito a que alguien nos anestesiara un poco… que diferente sería el discurrir de los días en la tierra, ¿No?
Albertina hace años que venía encontrando anestesia en los lugares equivocados. Por eso terminaba llegando a las resoluciones siempre en las ultimas, aprendiendo siempre del riesgo, del ultimo minuto, del borde que separa por una pizca, lo que es de lo que no es, lo oscuro de lo luminoso, la vida de la muerte. Con la infección no fue una excepción. Hasta que no se vio en las penumbras, con toda la boca hinchada, herida de muerte, llorando en bicicleta un domingo buscando una farmacia de turno, sintiéndose sola y abandonada por el mundo, no se decidió a que era hora de ponerle un punto final al asunto de esa bendita muela. Pasaron quince días hasta que la muchacha, ya sin antibióticos ni infección, pudo llegarse hasta el consultorio de Carlos. Y ahora por fin estaba ahí ensayando la no resistencia, entregándose a la extracción.
Se acomodó en la silla y abrió la boca con determinación. Pero cuando el odontólogo alumbró para poner la anestesia, sucedió lo inexplicable.
Carlos se apartó hacia atrás sacando bruscamente las herramientas de la boca de Albertina y al instante dijo, con turbación en los gestos y un rostro que iba cediendo cada vez más a la palidez:
-Albertina… yo nunca… en todos estos años… había visto algo así. Nunca.  Esta muela tiene…es como la cara de… una señora… mejor dicho…si, ¡es una señora!
- ¡Qué decís Carlos! A ver mostrame -dijo con desesperación la afectada-.
Cuando Carlos le alcanzó el espejo, mientras la alumbraba, un extraño escalofríos le recorrió el cuerpo. El desconcierto, el calor y la luz fija en su boca comenzaron a marearla, a bajarle la presión. Pero a la vez algo del orden de lo familiar se apoderó de su semblante, como si en el fondo ya supiera que ese día algún día llegaría.
-Es mi madre Carlos, sacala – ordenó, con una frialdad inusitada-.
El pobre hombre jamás en veintisiete años de servicio había visto algo semejante, pero aunque desconcertado, echó mano a su practicidad, a su especial monotonía que le quedaba tan a mano como el torno y las pinzas y le pidió que volviera a abrir grande la boca advirtiéndole que iba a sentir los pinchazos de la anestesia en la encía y en el paladar.
La muela-madre al parecer ya no podía hablar. Aunque dolía, molestaba y seguramente interfería en las decisiones de Albertina, como todo lo que condiciona desde el dolor. Estaba ahí en el costado izquierdo de su boca, desde hace mucho o desde siempre, petrificada, infectándolo todo con sus raíces mal habidas. Carlos ya le había advertido tiempo atrás que esa muela, al principio medio oculta, no estaba bien y que ya no se podía hacer mucho por salvarla, que simplemente habría que extirparla cuanto antes si quería realmente dejar de sufrir.
Cuando la anestesia comenzó a hacer efecto, Carlos le preguntó si sentía algo. Tras la negación de la muchacha, procedió a introducir las pinzas. El caso era complicado porque la muela ya no estaba entera, lo que impedía un sujetamiento completo, una extracción rápida y de un tirón. Encima, las raíces estaban muy agarradas. Y a eso se le sumaba el nunca antes visto rostro impávido de una señora de aproximadamente 60 años, inmóvil, en el centro mismo del diente enfermo.
 Comenzaron los tirones, el hombre se sentía turbado. En un momento dudó de seguir con la operación, le parecía todo una locura-. Se sintió peor aun cuando tuvo que asumir que la mujer en la muela era muy hermosa.
Como pudo, se concentró en su trabajo y comenzaron a salir los pedacitos de diente. Pero las raíces ni se mosqueaban. Al primer sacudón significativo, Albertina dejó caer las primeras lágrimas. Ahí recién comprendió con tristeza que, para algunos casos, quizás los más importantes de esta vida, no había anestesia que alcanzara. En los velos más indefinidos de su inconsciente, nunca remotamente había imaginado el día en que un odontólogo pudiera por fin extirparle a su madre de la boca. Siempre había estado allí y en el fondo ella siempre lo había sabido. Los tirones y el manoseo de los dedos de Carlos en su boca la arrancaban de sus abstracciones. Él por su parte siguió escarbando con sus pinzas y en un momento, el grito de Albertina lo detuvo.
-¿Te duele ahí?
-Si, me duele mucho, ¿por qué?
-Es que esa es la raíz infectada. Vamos a volver a poner anestesia, y si no te calma, no vamos a poder seguir.
Las palabras de Carlos la turbaron, como quien quita de golpe una esperanza. Abrió la boca, entregada a los pinchazos, rogando que ese martirio por fin se terminara.  
Habían pasado treinta minutos cuando el hombre extrajo la primera raíz. Aun quedaban dos. Albertina se impacientaba, no podía tolerar que erradicar a esa vieja de ahí costara tanto. Veía ir y volver a Carlos buscando una pinza, sacando una gaza, abriendo un cajón. Veía renegar tanto al hombre más inmutable del planeta, que no quería ni imaginarse lo caro que le saldría todo.
Albertina transpiraba, pero nunca tanto como el pobre señor. Un cuarto de hora después, salió la segunda.
Paradojalmente el dolor no disminuía, sino que, por el contrario, iba en aumento. Y todavía faltaba última raíz: “Es la que más complicada está, porque es la infectada”.
Un rato más, pesado y eterno, todavía un rato más fue necesario para que algo dejara de ser para siempre en la boca y en el interior de la joven muchacha. Y sucedió. Después de la sangre, después de las lágrimas y de todas las idas y las vueltas, sucedió.
Cansado y abatido como alguien que sobrevive a una guerra, Carlos le dijo con palabras que no parecían suyas, que ya no tenía a su madre en la boca. “Quiero decir, que ya no hay muela ni raíces que vayan a molestarte”.  Albertina no sabiendo si reírse o llorar, asintió aliviada.
 ¿Qué había sido todo eso? ¿Cómo era posible? ¿No nos separan de ellas para siempre tras ese llanto inaugural en el que abrimos los ojos al mundo? ¿Por qué había estado siempre ahí, haciendo daño?  
Carlos comenzó a limpiar el hueco, a remover los restos que ya no servían y a descorrer los desechos. Un hueco perfecto y rojo había quedado en el costado izquierdo de la boca de la muchacha.
El primer acto reflejo que tuvo la chica, fue el de pasarse la lengua por donde antes había estado esa muela que la acompañó toda su vida.
-Me siento aliviada Carlos, pero es raro… no sé, como un vacío…como que me falta algo, aunque es lo que esperaba...
-Y si, y ya no te va a doler más, que es lo que querías. Pero ahora vas a tener que aprender a vivir con su ausencia, Albertina…

domingo, 19 de abril de 2020

Escenas I


"Niña que espera en la vereda"




Lo esperaba en cada salida. Lo seguía con la mirada y aguardaba entre la gente, ansiosa, de modo que él, al salir no tuviera más opción que verla. Entonces le decía: “Chau León”, con una sonrisa ligera, transparente como la resignación cuando es digna.
Caminaba desgarbada y era obvio que no se hallaba ella, con sus diez años a cuestas, entre las más lindas del salón. Era morena. Pelo empedernidamente negro, como sus ansias. No pertenecía al gremio de las Flacas Fideístico-hegemónicas ni al de las Gordas Declaradas. Digamos que hasta su peso sufría el mal sabor de la mediocridad.
La última vez que la vi, caí en cuenta de que me estaba observando con minucia: mis rulos se parecían demasiado a los de una muñeca de trapo que ella traía entre sus manos. La muñeca también era morocha y hasta a mí me dio risa la similitud. También era marginal. Quizás también esperaba.
Su insistencia comenzó a incomodarme, entonces supe que había algo más en su mirada inventariada sobre mi persona: yo pertenecía al mundo de León. Conocerme a mí, intentar descifrarme, implicaba estar más cerca de su mundo, así fuera a pizcas, a umbrales, a suspiros. Me miraba con simpatía, como buscando complicidad.
Luego de esos extraños minutos, detenidos en las 12 en punto, cuando todos los niños del mundo huyen de las escuelas primarias, detrás mío, entre la muchedumbre de niños gritando y saltando y de maestras afónicas, lo vio venir, entonces dijo, con el amor paciente de siempre: “Chau León”. Así, simple, sin signo de exclamación alguno.
Entonces pensé, ¿quién no habrá sido alguna vez allá lejos o no tan lejos, allá triste o allá sola, ¿quién no habrá sido alguna vez esa niña con ese amor puro, ese amor de los 10 años, todavía entero, esperando sonriente en la vereda de una escuela?
Las palabras de León, secas, inertes, sin color alguno, me llenaron de vergüenza. Entonces, saliendo de mi trance, lo subí a la bicicleta y nos alejamos los dos, lejos, a toda velocidad, de la niña, de su muñeca, de toda su inocencia.

domingo, 12 de abril de 2020

Funerales de una mamá no tan grande


                                                                      “Una mujer innombrable huye como una gaviota…” Silvio Rodríguez.


Ese sábado de enero el calor fue imperdonable. Quizás tanto como ella. Aunque ya nadie se atrevería a juzgarla.
La noticia llegó temprano, más de lo esperado. La mujer reaccionó como se espera de una hija a la que le anuncian la muerte de su madre. Sin embargo, no deberían esperar aquí los lectores ese dolor conocido y estereotipado, sino otra clase de dolor, uno más bien entre desagarrado y rencoroso, entre confuso y contradictorio.
El viaje fue incómodo. Ya el estado de shock había mermado algo, pero el sopor del día no ayudaba en nada. La brea del camino se derretía haciendo de la ruta un oasis de asfalto interminable.
Luego de 2 horas y media, la mujer y su marido arribaron al lugar donde se celebraba el funeral. El abrazo de sus hermanos fue poco más que indiferente.
El resto de la parentela no aportó ningún condimento nuevo, tenían la excusa perfecta del comportamiento que se espera en los velorios.
La mujer caminaba por la sala con todo un arsenal de emociones que se debatían su cuerpo como aves de carroña; angustia, vergüenza, la impotencia que siempre se terminaba imponiendo. Después del primer cuarto de hora, tomó el valor necesario (el impulso, se trataba de una mujer vehemente, casi irracional) y se acercó a su madre.
La miró: “Te perdono, sabes.” Esas fueron sus palabras. Hubiese querido abrazarla, sacudirla, gritárselo una y otra vez hasta verla reaccionar, hasta escuchar algo, un sonido, una palabra, “gracias”, “te quiero”, lo que fuera, que la aliviara un poco, que fuera como la lluvia en un día tan pesado como aquel, que le hiciera entender que no era ya muy tarde. La desesperación pareció recorrerle la espalda, junto con un escalofrío provocado por alguien que se acercó y apoyándole una mano en el hombro, la apartó con mucha sutileza del lado del cajón. No se sabe cuántos minutos se había quedado la mujer ahí, los ojos en la muerta, suspendida en vaya a saber que fotografías del pasado. Los suficientes, quizás, para que un hijo de mayor potestad, la sacara de allí.
La sala era un desfile de rostros, algunos apenas conocidos por la hija. Pensó para sí misma que a pesar de todo, había sido una mujer muy querida. Esto lejos de tranquilizarla la atormentó todavía un poco más.
Se movía por la sala con la ausencia total de un fantasma que nadie ve, pero, a pesar del desprecio, la mujer encontró pertinente la posibilidad de aprovechar su soledad para quedarse en sí misma, para intentar entender un poco, para rearmar los pedazos de esa realidad rota y desperdigada por toda la sala.
Pensó en todas las veces que levantó el tubo del teléfono y se quedó en silencio, escuchando la voz de su madre del otro lado, mezclada entre melodías de Horacio Guaraní o Julio Sosa.
Pensó en todas las noches en las que no se pudo dormir, atragantada por la rabia, por las preguntas, por lo porfiado del destino.
Pensó en todas las veces que encontró fotos en Facebook de ella con sus hermanos y se tragó las lágrimas repitiendo circularmente una sola frase:” ¿Por qué ellos si y yo no? ¿Por qué ellos sí y yo no? ¿Por qué ellos sí y yo no?”.
El mecanismo era de lo más absurdo. Pero, ¿Qué otra cosa se le podía pedir a una mujer en un momento así?
Al menos se había terminado la agonía. Esa agonía que cae como gotas interminables en ventanales sucios, una atrás de la otra, impasibles. Se había terminado la agonía de lo que no termina nunca, de lo irresoluble, de lo caprichoso y repetitivo.
Para la muerta, ya no más cigarrillos baratos, ni remordimientos silenciosos ni discos lúgubres sentada alrededor de una mesa.  Mucho menos alcohol.
Para la hija, una orfandad declarada y asumida, la posibilidad al menos de perderla, por fin y de una vez.
A eso de las 7 de la tarde, el día incontenible se deshizo en una lluvia copiosa. Era la hora de volver. Una mujer que volvía, y otra mujer que partía. Quizás se encontraran en algún tramo del viaje, alguna vez.  
Ya en la ruta, la temperatura empezó a disminuir y a medida que se avanzaba en el paisaje de campos mojados, fue llegando el alivio y la frescura.  La mujer se durmió profundamente. El despertar coincidió con la entrada a su pueblo y fue como si todo quedara atrás, como si todo hubiese pasado hace mucho mucho tiempo. Las caras desconocidas de sus hermanos, el pesadísimo día de enero, la despedida final, el abandono - que apenas horas antes se había enterado- podía ser todavía un poco más.

domingo, 5 de abril de 2020

Botija con cicatriz


                                         "Y jamás volveré a fijarme en la cara de los demás, esa careta idiota que tira y tira para atrás"

Es mentira que todas las heridas se curan. Hay heridas que quedan, grabadas para siempre en la piel, como marcas imborrables de un pasado impiedoso. Eso es lo que en principio pensé toda esa noche, la noche en que conocí al "hombre sin rostro."  Su historia me había llegado no mucho tiempo atrás, allá en mis pagos, por unos amigos, algunos que lo habían conocido y otros que simplemente habían propagado el mito. Cuando en la fiesta de despedida dijeron que en Montevideo había un amigo del Leo que no “tenía rostro”, quise saber más, indagué, pero nadie supo decirme nada. Risitas, ironías o frases sueltas que solo revestían incongruencias, contradicciones: “Se quiso suicidar y le erró”, “estaba cazando con el padre y se le escapó un tiro”, etc etc. O alguna que otra mirada grave, en resumen, ninguna certeza a la que pudiera agarrarme. Como ocurre casi siempre en los grupos de chismosos, todos tenían diferentes impresiones y recuerdos de un mismo hecho.
  Al rato, con la euforia del viaje, me olvidé por completo del asunto.
El final del verano comenzaba a anunciarse en la fresca, pero soleada tarde y con él, el final de mis días por Uruguay.
Esa tarde vagué hasta el cansancio por la rambla y el parque Rodó, intentando empaparme hasta el final de la mística montevideana, jugando a perderle el paso a la melancolía, a desorientarla, a ver si lograba por fin una despedida digna y alegre, cosa que siempre me había costado bastante a la hora de abandonar lugares queridos.
Sin embargo, no sabía yo, que esa última noche me tenía guardado lo mejor.
Leo era un amigo rosarino que había cruzado el charco por amor, por huir de un amor, por eso yo lo llamaba el exiliado residente. En esos giros que tiene la vida, en sus calles donde solo sobrevive quien no se le achica a los caprichos del azar, terminó renunciando al título universitario que tanto le había costado conseguir y se entregó a un sueño cajoneado: vivir de la música. Las blancuzcas y siempre predecibles oficinas fueron reemplazadas por los dicharacheros escenarios que ofrecían los bondis, donde un día jamás se parecía al otro. En uno de esos viajes conoció a Charly, su especial amigo, que había querido presentarme desde mi llegada a Montevideo.  “Vos tenés que conocer a Charly.” “Te voy a llevar a lo de Charly” “Te vas a llevar tan bien con Charly”. Yo en verdad no tenía ningún interés en ese tal Charly, un guitarrista callejero más, como otros tantos jipis que ya conocía.
Los días se escurrieron y por una cosa o la otra, Leo no pudo juntarnos. Hasta ese día, que coincidió justo con que Charly cumplía años y hacía una reunión para celebrarlo.
Pasé a buscar a Leo por la pensión donde vivía y empezamos a caminar tranquilos, adentrándonos por la Montevideo que me había faltado recorrer, la de los barrios obreros, la del paco y la pobreza. Íbamos con paso lento, yo llevaba la bici caminando al lado mío y el Exiliado dos cajas de vino. La noche montevideana era un capullo negro y suave que invitaba a andarla y desandarla, yo reafirmaba a cada paso que no me quería volver y mi amigo me escuchaba y se reía bajito, siempre cómplice, siempre festejando cada una de mis anécdotas y ocurrencias. Tras una larga, larguísima caminata en la que lo puteé en varios dialectos por no anticiparme que no era "relativamente cerca" de su casa, sino por el contrario, objetivamente lejos, llegamos a lo de Charly. Golpeamos la puerta. Era una antigua de dos hojas, marrón. Esperamos unos segundos y Leo la empujó un poco y gritó, anunciando nuestra llegada. A los pocos minutos lo veo asomarse, junto con su compañera. No lo podía creer. Era él. Era el famoso hombre sin rostro, ese del que me habían hablado mis amigos en Rosario. Saludé intentando disimular la sorpresa, la impresión, todo lo que mis gestos gritaban, por más disfraz que les quisiera poner. Pedí permiso y me encerré en el baño. ¿Qué era todo esto? Me ajusté contra la puerta y estuve unos segundos ahí. Después me miré al espejo, estaba pálida: la cabeza me hervía de preguntas, pensamientos, fichas que me iban cayendo como monedas en una fuente pero que yo no alcanzaba a agarrar.
El primer hecho en el que caí, era ineludible: Charly si tenía rostro. Uno terrible. Segundo: ¿Cómo Leo no me iba a decir de quién veníamos? Me sentí burlada. Pero enseguida pensé: ¿Por qué lo haría? ¿Charly era un monstruo? ¿Una les advierte a sus amigos “Mirá que Fulano tiene una cara feísima”? No, no lo hace. Y Charly, por otra parte, no tenía una cara feísima. No era eso, simplemente. Era más, era algo para lo que, aun hoy, esta torpe escritura se queda cortísima.  Había un monstruo. Quizás había un monstruo ahí y no era precisamente Charly. Como fuera, no podía seguir encerrada en el baño, iban a pensar que estaba descompuesta o loca. Tenía que salir y enfrentar lo que fuera que pasara esa noche.
Me incrusté en un sillón, y como pude, comencé a interactuar con el resto de los invitados. Unos tragos de vino me dieron el envión necesario y, por otro lado la gente, que era lindísima, de barrio, bohemia como los que me esperaban del otro lado del charco. Pero, aunque yo no quisiera, por momentos se me tildaba la máquina, me abstraía, sentía algo imposible de nombrar que salía del fondo del estómago, me trepaba por la garganta y se me alojaba en el centro mismo de la cabeza. Cuando me daba cuenta intentaba comunicárselo a mis expresiones, me acomplejaba ahora mi propia cara, la transparencia que acusaba y que siempre me dejaba a gamba en los momentos más oportunos. A medida que la gente me iba haciendo sentir cada vez más cómoda, más miserable me sentía yo, por pensar las cosas que pensaba. En un momento me detuve en Amanda, la mujer de Charly. La miraba desenvolverse, pelear y reírse con sus amigos, abrazar a su hombre. Era agridulce como una buena mermelada de naranja casera, se mostraba espontánea y despreocupada. Me había maravillado. ¿Cómo había hecho para enamorarse de él? ¿Habría sido antes o después de la desgracia? ¿De qué desgracia hablaba?  Esto era insoportable.
La noche comenzaba a evaporarse en un equilibrio perfecto de vino, risas, guitarras, flores… Yo cada vez me sentía más a gusto, como si todos ellos me comprendieran, o peor aún, me aceptaran. Como si al cruzar la puerta de esa casona, mágicamente esas calles no fueran las montevideanas sino las rosarinas. Sin embargo, había todo un mundo interior que me empañaba el vidrio. Que me devolvía en el espejo una imagen de alguien que está ahí de incógnito, de alguien falso o no del todo honesto. Y esa división de mi ser me perturbaba, pero no había algo que yo pudiera hacer a esa altura, en aquel lugar, en aquella ultima noche.
Habían pasado horas de mi llegada a la casa de Charly, y yo todavía no le podía sostener la mirada. Y él, presintiendo todo como un maldito brujo, como un adivino genial, no paraba de dirigirse hacia mí, de provocarme, de hacerme bromas o llamarme la atención con cualquier tontería. Era histriónico y movedizo. Y por demás de pícaro. A simple vista,todo bien, pero yo no me podía distraer: ¿Cómo habían hecho los demás para acostumbrarse a él?  No escuché a nadie en ningún momento hacer alguna referencia que me diera un indicio de algo. Más que nunca me carcomía no saber la verdadera historia. ¿Habría sido cierto lo del escopetazo? ¿Habría sido a propósito o solo un accidente? Porque eso lo cambiaba todo. Y quizás, y esta era la pregunta que más me costó, que más luché por evadir: ¿Cómo hacía para enfrentar la vida con un rostro así, en una sociedad del envase, en una sociedad tan de mierda como la que teníamos y de la que yo - con más vergüenza que cualquiera en ese lugar- formaba parte?
Acorde se iba consumiendo la noche, mi despedida se hacía inminente. Yo no me quería ir, ahora cada vez menos me quería ir. Todavía no encontraba respuestas, todavía tenía sed, todavía me faltaba algo. El candombe y el tango me cruzaban el alma. Un par de Sui Generis, para hacer todo aún más familiar,aún más sentido. Pero me tenía que ir. Ningún cuerpo resiste tanta emoción junta. Y todos esos días gloriosos, todas esas playas y calles y caras e historias nuevas, pronto serían un recuerdo. Al igual que los caracoles con restos de arena que me llevaba en la mochila.
 Dije en voz alta que, contra toda mi voluntad, “tenía que arrancar”, como decíamos en Rosario. Que jamás abandonaba una fiesta, que por lo general eran ellas las que me abandonaban a mí. Pero que mañana temprano salía mi ferry y un par más de esas excusas corteses que se dicen en situaciones así. Aunque en mí fueran totalmente ciertas.
El exiliado y Charly me acompañaron hasta afuera. Mi amigo me abrazó como se abraza en las despedidas y cuando llegó el turno de Charly, fue ahí recién, que comprendí todo. Comprendí porque Amanda lo amaba tanto. Comprendí porque convocaba a tantos amigos y porque se te erizaba la piel cuando agarraba la guitarra comprendí porque Leo había insistido tanto en que lo conociera. Porque recién ahí, cuando dejé por fin de ser una cobarde, y me atreví a mirarlo de frente, recién en ese momento en que tuve su rostro más cerca mío que en toda la noche, recién ahí fui capaz de leer, en esa cicatriz que le recorría la cara y se la dividía en dos hemisferios asimétricos, toda su nobleza y toda su humanidad.
Quise llorar y meterme todos mis prejuicios en el culo. Esa noche Charly me dio un abrazo y me dio una lección. Una que aparece, como recordatorio cruel y sagrado cada vez que intento ocultar mis propias heridas: ¿Hace falta preguntarle a alguien por sus cicatrices, cuando hablan ellas por sí solas?  ¿Cuándo son ellas las que nos visten y nombran y son ellas al fin y al cabo, la muestra viva de que somos, y que estamos acá, ardiendo de vida?  

domingo, 29 de marzo de 2020

Crónica de una 'Gratis del domingo´ I

-Todxs estamos un poco solos.
-Todxs necesitamos al menos un abrazo para seguir.
-Todxs nos preguntamos alguna vez en la vida, si existirá ese compañerx que estamos esperando.

Los tres tópicos fueron desarrollados aquel día, en "La gratis del domingo". Tres tópicos que pecaban de clichés, de burdos lugares comunes de los que ya estaría bien apartarse. Sin embargo, ahí estábamos, en una sala de cine municipal llena, buscando encontrar algo detrás de esa pantalla gigante.
Siempre que asistía a esta clase de eventos, disfrutaba en ambas direcciones: por un lado, la película propiamente dicha (que muchas veces no era más que una excusa para ver otras cosas), por el otro, la ficción que me ofrecía la diversidad de personas aglutinadas en aquella sala, por al menos dos motivos -bastante dignos después de todo-:
Primero: una película gratis, con todo lo que el concepto encierra, no importa cual fuera.
Segundo: algo que hacer un domingo de otoño a las 18hs de la tarde.

Ese domingo asistí sola. Hacía rato que había superado el trauma social que implica hacer cosas con un par siguiéndote los pasos. Fui determinante al salir: las culpas por todo lo que no había hecho el fin de semana no irían conmigo al cine, ya que el motivo por el que me inmolaba a las calles heladas era trascendental: no permanecer sola en casa durante las horas en que declina la tarde y las preguntas por la existencia se te pliegan al alma como los anaranjados y rosas a las nubes tardías.
Llegué lo más impuntual que pude y me escabullí en la única butaca vacía que encontré. Me sangucheaban dos adultos no tan mayores, un hombre y una mujer. El hombre olía mal y no parecía demasiado concentrado en la película. Cuando lo llamaron por celular y se fue, comprobé mi teoría de que había ido al cine sólo para no estar solo, para “hacer tiempo”, perderlo o aniquilarlo, según la escala que prefieran.
La película rápidamente me absorbió. Micro historias de personajes cotidianos que no sabían muy bien qué hacer con su existencia. “Casi como muchos de nosotros en esa sala”, pensé con gracia. Una muchacha que había ingerido una botella de quitaesmalte tras ser abandonada por su novio, una mujer trans que se había arrepentido de cortarse el pene por un amor ingrato. Un desgraciado que trabajaba como asistente en una línea de atención al suicida. Cuando el muchacho en cuestión se preguntó si era posible ayudar a otros, cuando no te podés ayudar ni siquiera a vos mismo, supe que estaba en el lugar o al menos, en la película correcta.
Me preparé un mate, medio tanteando en la oscuridad y comencé a tomar. Cuando le ofrecí a la señora de al lado, me devolvió una gran sonrisa y un par de palabras: "que rico, gracias, nunca vi a alguien con mate en el cine". Le cebe unos cuántos.  Mientras tanto un viejo con cara de haber sido muy malo en su juventud, pero que ahora daba lastima, pidió a 3 personas diferentes, a lo largo de toda la película, si lo podían abrazar. Nunca anhelé tanto atravesar una pantalla como aquella tarde.  Luego me pregunté si quizás no la había ya atravesado. Después de todo, yo misma me metía en esos juegos.
Al cabo de 95 minutos, la historia llegó a su fin.
La puerta de la sala se abrió y el calor del tumulto comenzó a disiparse, como cada historia de una a una de las butacas. Otra vez fuimos nada, seres anónimos arrojados al frío de las calles oscurecidas, a lo que quedaba del domingo, a toda la fundamental soledad que nos aguardaría, nomás pisar la vereda del cine municipal.

domingo, 22 de marzo de 2020

Canción a destiempo

         "¿Quién será, que una vez te encontró como sos y logró comprender tu color?” (Homero Manzi)


Todo comenzó con un sueño. Ella se lo encontraba por casualidad en esa encrucijada de asfaltos y olvidos que hemos dado en llamar calle y se acercaba a saludarlo, -como siempre hacía: acercándose a su oído, nombrándolo suavemente para no sobresaltarlo, hasta que él la reconocía, le daba un beso - y se ponían a charlar de cualquier cosa, casi siempre de Borges o de Gardel. Lo acompañaba caminando a su lado, cuidándolo de alguna mala vereda, y al llegar a la casa de este, él le decía si quería quedarse. Lo ayudaba con algunas cosas básicas, cotidianas, la escalera, el ascensor, la puerta y luego terminaban abrazados en el sillón.
Se despabiló en uno de esos sacudones que te dan en sueños, como cuando Dios o alguno de sus empleados te deja caer bruscamente sobre la cama. Hacía mucho que no se despertaba tan mal.   Entonces, ¿era cierto lo que le estaba pasando con este tipo? No se atrevió ni a nombrarlo. “Si le doy entidad estoy perdida” alcanzó a pensar, con toda la dificultad de una mente aun dormida. Pero ya era tarde: la imagen de Francisco se le había instalado en el interior, tan nítida como el sol en el domingo. ¿Ahora que hacía? Se había prometido a sí misma dejar de meterse en situaciones fantasmales e imposibles. Con Francisco no había chances y, además, no quería que las hubiera. Se había cansado del amor. De creerlo, de definirlo, de esperarlo. Había vuelto de esas islas con los remos incendiados más de una vez. Y hacía tiempo que había decidido camuflarse en sí misma, allí, donde nada pudiera dañarla.
Con Francisco no había posibilidad porque ella misma se había encargado de destruirla, construyéndolo en su imaginación, durante años, gigante e inalcanzable para cualquier mortal. Y había terminado comprobando con pesar, cuando comenzó a conocerlo y compartir espacios en común con él, que todo era cierto.  Francisco era un talentoso bandoneonista de la ciudad.  Equilibraba con justicia sus pasos, con un pie en las escuelas clásicas y otro con firmeza en el porvenir. Era humilde pero decidido. Su gente lo reconocía y respetaba. Era apasionado con todo lo que le gustaba. Militaba por causas nobles y se decía que era un gran amante.
¿Y ella quien era? ¿acaso algo más que un tumulto de dolores e historias rotas?
Aceptar siquiera la mitad de todas las características de ese hombre implicaba destruir a mano toda posibilidad de puente entre ellos.
Ese día se lo pasó acostada retorciéndose en esfuerzos por arrancarse esa sensación para siempre o barajar la posibilidad de hacerse cargo, o algo, lo que fuera, que la sacara de esa inercia inútil y desesperante.
Recordó que se habían cruzado dos noches atrás, en el Festival Federal de Tango, dónde él se presentaba con su orquesta.
Recordó también el trato confuso que ambos se habían encargado de tejer. Un trato que por momentos iba de la cortesía a la provocación pero que casi siempre quedaba empantanado, a medio hacer, o diluido en la nada.
Las lunas se sucedieron, sin demasiado que contar. Un febrero pesado cubría los tiempos de aquella ciudad de puertos oxidados. Hasta que un día, como sucede siempre, cuando ella había dejado de esperar, se encontraron, en el cumpleaños de un amigo pianista que tenían en común.
Las cosas, contra todo pronóstico, se dieron sin mayores dificultades. Y a eso de las 5 de una calurosa madrugada, tal como en el sueño, la muchacha estaba entrando a la casa de Francisco.
-Estuvo bueno el cumple, ¿No?, dijo Ana, intentando romper el hielo.
-Sí, lástima el pesado de Pedro. Siempre dando la nota. Como si con los escenarios no le alcanzara. -respondió él-
-Jaa, si, es verdad. Nunca me lo había puesto a pensar. Como si su afán de ser visto no se saciara nunca…
Claro, algo así. - Asintió Francisco.
                Ana estaba muy nerviosa. Intentaba en vano cuidar sus palabras y movimientos para no exponerse, para no sacar afuera esa mujer vehemente y sincera que de igual manera se le escapaba por los poros. El bandoneonista se divertía tiernamente viendo los esfuerzos que la chica hacía por protegerse de sí misma.
Puso un disco de Bill Evans y sirvió dos vasos de vino. Ana estaba fascinada por ver la fluidez con que Francisco se movía, con la elegancia que hacía todo. Visto desde afuera, nadie hubiera notado que no veía más que imágenes difusas.
Cuando llegaron a su habitación y se recostaron, un temblor recorrió a la muchacha de pies a cabezas. ¿Cómo sería estar con alguien que no podía ver su cuerpo? ¿No era, finalmente, lo que ella siempre había esperado?
              Intentó apagar su mente, la causa principal de todos sus infiernos, al menos por un rato. Intento dejarse llevar por el aire cálido que movía tenuemente las cortinas de la habitación y que se mimetizaba con su respiración. Él comenzó con unas caricias suaves, recorriendo sus mesetas y recovecos más escondidos. La tocaba con precisión, como si su espalda y sus pechos fueran un fueye, el fueye que constituía el centro mismo de todo su mundo, de toda su vida.
Ana comenzó a soltarse, a jugar, a entender que contaba con una ventaja y que, aunque sonara horrible y cruel, era que su amante apenas si la podía adivinar.
Sintió una liviandad que nunca antes había sentido, como si años de enredos y desencuentros con su ser, con su cuerpo, finalmente hubieran encontrado un huequito en el cual escabullirse, en el cual descansar.
Durmieron cerquita, acurrucados, pero él no la abrazó.
Había sido hermoso. Pero había una mancha, un ruido en el engranaje, que Ana no pudo dejar de oír, ni aunque quisiera. Era Francisco. Era Francisco y su paradojal estilo, que la arrastraba hacía él y la separaba con la misma fuerza.
El sol se había instalado hace rato en el día. Ella supo que era hora de marchar y mientras se cambiaba no pudo evitarlo, entonces  preguntó:
- Fran…Francisco…¿te puedo preguntar algo?
-Sí, claro- dijo él, con media sonrisa.
- ¿Qué te gusta de una mujer? ¿Cómo…? Me refiero a…
- Te referis a que si no puedo ver, ¿como las elijo, que cosas me atraen? Dijo, con implacables aires de adivino.
Ana odio que siempre supiera todo. Hizo un gesto como asintiendo, agachando la cabeza, pero enseguida entendió la insuficiencia del esfuerzo y dijo con voz entrecortada:
-sí.
-vos sabes Ana, no toda la belleza entra por los ojos.
- ya sé, no es eso, no tenés que explicarme todo…
- a mí me basta con escuchar una sola vez un nombre, para acordarme para siempre. Si me interesa, claro. Soy tanguero, y melancólico. Mi maldición es no poder olvidar…
La voz me repone la imagen de una mujer de cuerpo entero, me la pinta.
Después se va completando con los olores, con el tacto…
Ana podía acotar cada vez menos, como si se le hiciera una misma nuez la garganta y el corazón.
Él prosiguió:
- y después esta lo otro, lo imperceptible, lo que se le escapa a cualquier sentido por aguzado que sea ... algo que te late muy cerca de acá -señalándose el pecho- una energía muy especial que, quizás de ahí venga mi oficio de fueyero, siempre fue mi brújula. Y, ojo, que con esto no quiero decir que no me haya perdido más de una vez, jaja. Pero tranqui Ana, no es nada de otro mundo. Cada cual hace su canción con lo que puede…
Te noto tensa, te tenés q relajar.
Ana arrojó algunas palabras a medio hacer. Todo su interior era una bomba a punto de estallar. Necesitaba juntar sus despojos y desaparecer.
 -Me tengo que ir, Francisco. - resolvió casi con violencia.

Pasó poco más de un mes, y aunque la muchacha se había jurado que fuera quien fuera Francisco, no iba a escribirle, viendo que su agonía crecía a la par que se deshojaban los días en el calendario, no pudo contenerse. Él le contestó como si nada y le dijo que si quería se podían encontrar.
Los encuentros comenzaron a ser esporádicos pero constantes. Francisco se comportaba como el buen tipo que era, cálido, atento, seguro de sí y de la situación, pero en ella seguía aumentando la sospecha de que había algo que él siempre se dejaba para él.  Ana por su parte seguía en el esfuerzo de editarse a sí misma, de no demostrar de más, de no ser demasiado cariñosa, de que no se le escaparan los hilos sueltos de su pasado, de ese pasado sufrido, de piba pobre.
Una mañana de sol otoñal recién llegado, mientras tomaban mates (nunca tomaban juntos, más de tres o cuatro). Ana le preguntó si se acordaba de esa noche a la salida del Café Discepolín, cuando él le regaló una copia de su primer disco diciéndole que había una de las canciones que llevaba su nombre.
- ¡Ah, viste que vos tampoco te olvidas! Me acuerdo algo, sí. Te dije, toma, úsalo de portavasos si querés. ¿Y vos te quedaste pensando en lo del nombre?
-Intenté imaginar a esa otra Ana, la historia, tu dolor…pero el estilo, aun a mí que soy una romántica irremediable, me pareció un poco bizarro, un poco mucho y me reí bastante. Yo también te hubiese dejado si me escribías algo así, dijo la chica, entre risas, ruborizándose lentamente.
         -Y bueno, era muy joven, mandado…es una larga historia. Pero nunca supe si a ella le llegó. Y posiblemente nunca lo sepa.
 El tiempo siguió transcurriendo, y ellos mejoraban quizás en esa artesanía que se iba pareciendo al amor. Ana iba dejando respirar su cuerpo tranquilo junto al de él, reposando en él, sintiéndolo como agua tibia en esas noches de junio que se iban haciendo cada vez más frías. Él la recorría, la sentía temblar y jadear, la sentía como si se fuera de ella misma, de esa cárcel que era el cuerpo. Ana, se iba resignando a ese ardor al que tanto le temía, a ese dolor indescriptible y desesperante de que por fin alguien la estuviera viendo con los ojos que nadie había podido… y cuando mejor estaban, cuando más lo sentía ella adentro, parte de si, él la soltaba, la apartaba, la dejaba caer con indiferencia, como cuando te suelta Dios.
Una tarde, cuando ya el invierno estaba llegando a su fin, Ana lo citó en el Parque de los Jilgueros, un parque que quedaba casi en la esquina de la casa de Francisco.
La muchacha no se veía bien. Las ojeras de las malas noches habían desdibujado su cara linda, y las gotas grandes y redondas rodaban por sus mejillas. Tomando una bocanada larga de aire, logró decir:
-No puedo seguir con esto Francisco. Y no es culpa de ninguno de los dos. Pero realmente vos nunca… vos nunca vas a poderme ver como yo espero – dijo casi con un hilo de voz-.
Francisco escuchaba, inmutable y movía la cabeza con un movimiento extraño que no alcanzaba a dibujar ni un si ni un no.
- Además -prosiguió Ana- vos sos musico, fueyero, como te gusta que te digan, y un
musico no puede escribir dos veces la misma canción. Y vos ya escribiste la canción de Ana…
La muchacha se dio media vuelta, y comenzó a atravesar los ceibos del parque con fuerza y vehemencia, aunque tornaba a cada rato la cabeza para ver si el bandoneonista ciego salía a buscarla, a correrla desesperadamente, a decirle, “para Ana, yo también…”
Pero eso nunca ocurrió. Francisco se quedó absorto, mirando hacia un punto fijo de la nada, pensando en que otra vez se había hecho tarde, pensando en la canción que le había compuesto esa misma mañana a esa otra muchachita de igual nombre, pero tan distinta en su alma. Esa Ana, que al igual que la otra, tampoco se enteraría nunca de su canción, su triste y aunque ridícula canción de amor.

lunes, 16 de marzo de 2020

Boliche




Yo tuve la dicha de conocerlos y aprender de ellos lo bueno, lo malo, lo que se puede señalar y nombrar y lo que flota imperceptible, indescifrable, aún hoy mientras escribo esto, en el fondo del pecho.
Quién sabe por qué bebe la gente. Así como yo todavía no se bien porqué escribo esto que escribo, quizás si todos en este mundo se hubiesen preguntado porque hacen las cosas que hacen, las mejores cosas de este mundo no se hubiesen hecho nunca.
De cualquier manera, volviendo a lo que quería contar, yo conocí a los hermanos Pilo siendo muy pequeño. Eran dos hermanos de mi pueblo que, aunque parecidos, para mí siempre fueron el día y la noche. Eran gigantes, como dos pilares de cemento sólido. Aunque más que pilares, siempre los imaginé más bien como unos faros. Unos enormes faros que tenían por luces unos ojazos claros por donde se les veía toda el alma. Porque eran claros los hermanos Pilo. Sí que lo eran. Sólo que ellos, desconfiados insalvables, intentaban tapar la transparencia entre vasos, silencios y noches. Pilo Grande se llamaba Alberto y había estrenado este mundo 5 años antes que Genaro, el Pilo menor.
Ambos venían de un mismo jardín, de una misma raíz. Habían sido las semillas de una pareja de tanos que llegaron al pueblo en los años 20, en esos aluviones de inmigrantes que venían a matar el hambre y sembrar esperanzas. Habían tenido la misma infancia y el mismo amor. Y así y todo, a mi nunca me entró en la cabeza, como podía ser que fueran tan distintos.

Creo que esta idea terminó de establecerse en mi, el día que salí a dar vueltas en bicicleta por las calles del pueblo. Era un domingo fatalmente aburrido y yo decidí desempolvar esa vieja costumbre mia. Una de las tantas cosas que extrañaba, desde que me había ido a vivir a la capital, era esa sensación de sentirme dueño de las calles, de sus veredas, del aroma de los árboles, de la armoniosa imagen que devolvían los ancianos tomando mates en sus tapiales. Esa sensación, que se parece a la infancia, de que nada malo puede pasarte.  Iba asi, distraido en mis cavilaciones, cuando me topé sin darme cuenta, con la casa de Genaro. Me llevó por delante la sorpresa. La casa estaba venida abajo, prácticamente abandonada. Lo primero que pude pensar fue sí él se encontraría bien. Los yuyos más bajos me llevaban dos cabezas, y eso que me conocen como el “Lungo”. El frente de lo que había sido un hermoso chalecito, era ahora el principio de un bosque denso y desentrañable. Quizás Genaro se había empezado a desmoronar junto con su frente, el día que la Rubia se fue. A los días me lo crucé por la calle y supe que andaba bien, o por lo menos, como siempre. Genaro era un personaje. Así, a secas. No importa si de película o de novelas o de qué. Un personaje de historias, de pequeños y grandes segmentos de una vida vivida al límite, jugando con fuego, pero conociendo a la perfección las reglas del juego. Un personaje que no cualquier escritor se hubiese bancado inventar. A mí me fascinaba. Quizás porque yo nunca podría ser así. Genaro fue para mi el último bohemio. Un tipo aliado de la noche y de todos sus encantos y venenos. Rebelde pero sin siquiera planteárselo. Guapo sobreviviente de la colimba, de quedar sin padre en plena adolescencia, y de una mujer. Y hasta aquí nada muy fuera de lugar para este tipo de escenas. Pero, en el medio de todo eso, fue incansable deportista, trabajador de oficina que jamás se tomó vacaciones. Y padre soltero. Y también fue iniciatico para mi, en esos momentos cruciales de mi vida, como la hora de todo hombre en que se cruza por primera vez con la noche y todo cambia para siempre.
Hace muchos años que yo me fui de aca. Por eso le perdí bastante el rastro. Pero era una de las primeras personas en cruzarme cuando volvía, casi siempre solo o con compañías ocasionales, tomando un café a la mañana, haciendo los crucigramas del diario, tomando un vino por la noche.  
Pilo grande había corrido otra suerte. Él había encontrado una morocha fuerte que se tomó muy enserio lo de “hasta que la muerte los separe”. Y ahí estaban, con treinta y pico de años de matrimonio, hijo y nietos.

Alberto era un tipo grandioso. En el pueblo no había una sola persona que no lo quisiera. Los años, a veces justos, lo habían retribuido, haciéndolo dueño de una gran calma y sabiduría. Sensible había sido siempre. Gran lector, amante del tango y del jazz, zurdito. Era un coleccionista. No solo de extensos biblioratos donde ordenaba desde diferentes criterios, fragmentos de todo lo que pasaba por sus manos, ojos u oídos. Si no también de personajes. De seres, esos con brillos particulares que solo los pocos privilegiados con una sensibilidad fina y amiga del detalle, son capaces de percibir.
Pilo también tuvo una amante. Una amante de cuello largo, pero a diferencia del menor, él la había dejado de abrazar hace mucho tiempo ya.
Y su casa, y el frente de su casa, con el césped verde y al ras, y numerosas plantas y flores de buen aroma y color, era la más linda de su cuadra.
La última vez que vi a los hermanos Pilo fue por separado, hace varios años ya. Muy contadas eran las ocasiones en que te los podías encontrar juntos. Otra peculiaridad de su existencia, el vínculo que tenían entre sí. Nunca vi a dos hermanos tratarse con tanta distancia, con tanto respeto hasta parecido al temor. Y sin embargo, se profesaban un amor profundo e imposible.
A Genaro me lo encontré de casualidad -aunque quizás yo iba un poco en su búsqueda- en un antro que atendía una mujer muy flaca sobre la ruta del pueblo. Era básicamente un almacén que en verano tenía una mesa larga de madera sobre la vereda que daba a la ruta y que en invierno funcionaba de igual manera, pero en un galpón de mala muerte que quedaba pegado al almacén.
Hace años que yo no pasaba por ahí, porque desde que me había ido a estudiar a la capital, volvía al pueblo cada vez menos.
Recuerdo que dejé mi bicicleta sobre un árbol y me fui acercando a la mesa, largo, titubeante y tímido como soy. Genaro ni bien me vio me pegó un grito con su vozarrón inolvidable: "¡qué haces pibe! Me acerqué y lo abracé fuerte y algún que otro concurrente me levantó la mirada, indiferente. Genaro le pidió a la flaca un vaso para mi e inmediatamente estuve otra vez siendo cómplice de su dimensión, de esa dimensión pintada con el color de las uvas. La escena vista desde afuera era más o menos la siguiente: 7 borrachos sentados alrededor de una mesa de madera con mantel de hule, tomando variedad de vinos tinto baratos. Muy baratos. Cajitas y alguna que otra botella. Comían unos sanguches de carne, o hamburguesas, el menú que la flaca gentilmente ofrecía noche a noche. Genaro me puso al tanto de la situación, inmediatamente: el pelado de la punta se dormía todas las noches y el pibe de al lado -que "no tenía todos los patos en fila"- aprovechaba y le bajaba la botella. Luego el pelado, tras algunos cabezazos, se incorporaba y puteaba de buena gana al ventajero borrachín de los patos desordenados. Así, con mis carcajadas y con su gesto impune y su cara inmutable, iniciaba una larga charla que me paseaba por miles de historias, anécdotas y delirios en los que yo iba entretejiendo a pinceladas un país y un pueblo que no conocí. El asunto del cabaret siempre me impactaba más de la cuenta. No sé si golpeaba directamente en mi propia vergüenza, no sé si era por él o por mí que me incomodaba o quizás que me entristecía. Esa última noche, supe que Genaro ya no me veía como ese niño al que le había enseñado básquet tantos años atrás, sino como un adulto, el adulto que, aunque me negara, estaba creciendo adentro mío.
- Antes era otra cosa, pibe. El cabaret era un espectáculo, tocaban las mejores orquestas del país, se pasaba un buen rato. A mí ya me conocían y me mandaban a las minas más lindas. Bah, no me las mandaban, venían solas. Yo tenía una pinta bárbara. Pero era otra cosa, no eran los tumbaderos que hay ahora. Yo salía con ellas. Si una me gustaba, la llevaba a comer, al teatro, a los bailes. Pero siempre en la noche, estaba determinado así. Y los de la noche nos conocíamos todos... después estaban los giles que salían nomas los fines de semana y encima te la querían contar. Yo no. Por aquellos años no dormía. Llegaba cerca de las 7, me duchaba y a la oficina... después a entrenar y después otra vez la noche, dispuesta sobre el mantel...
Yo acotaba poco, más que nada preguntas, me gustaba escucharlo, verlo hacer su personaje. Porque después cuando fui creciendo supe -y ahí está  ese desgarro del que hablo, ese empezar a aceptar al mundo y a su gente como realmente son y no como vos quisieras- Genaro, detrás de ese vozarrón grave y ese porte de hombre de la noche, que se peleaba con todo el mundo de café en café por Política o no tenía reparo en decirle en la cara a alguien "Este es un insoportable", era un tipo sensible y lleno de tristezas, que no sabía esconder los ojos vidriosos cada vez que escuchaba o hablaba de algo con lo que no podía.

Con Alberto, como ya había dicho, era otra cosa. A él Hace tiempo que no te lo cruzabas en un boliche. Una tarde de otoño, esas que anuncian que si la próxima no te abrigas te vas a cagar bien de frío, Alberto había resuelto dejar de tomar para siempre. Los parroquianos nunca supieron bien cuál de todas fue la gota que colmó el vaso. Pilo grande, de amabilidad de acero, si hay algo que odiaba, era dar explicaciones sobre lo obvio. Lo cierto es que jamás, hasta el día de hoy, o hasta esa última tarde que yo lo vi, volvió a probar una gota de alcohol.
"¿Para qué? si yo ya tomé para esta y un par de vidas más" solía decir, con esos giros literarios con los que siempre deleitaba a quienes tenía cerca.
Esa tarde que lo encontré, compartimos un café en la confitería de la terminal, mientras yo esperaba el bondi que me devolviera a casa. Charlar con Alberto era un verdadero placer. Su estilo, como ya he dicho, era otro. Si bien de pueblo, si bien de barrio y de club (también había sido entrenador mio), él era un intelectual, una enciclopedia sensible y viva. Esa tarde, no sé si por necesidad, no se si por casualidad, el propuso el tema, lo sacó y lo dispuso sobre la mesa, entre las servilletas y los restos de miga de bizcochos y medialunas.
Me extendió la mano: era un recorte del diario Clarín que se titulaba: " Cuando el escritor de la borrachera desmintió el romanticismo del alcohol.” Tragué saliva porque lo supe: otra vez me iba a ir con las visceras revueltas, solo por tomarme un café con el Pilo Mayor. De modo que me entregué, sin más. El artículo era preciso: datos estadísticos sobre el nivel de alcoholismo en nuestro país y otros importantes. En un acertado contrapunto con citas de Abelardo Castillo y su búsqueda por desromantizar al alcohol como musa de los escritores y artistas.
- Nadie sabe por qué toma, Lungo. Simplemente lo hace. Si el alcohol es bueno o malo, esas son puras macanas. El otro día, pasé de Otilia, porque mi señora le había encargado unas empanadas por el 25 de mayo entonces las fui a buscar. "Beto querido tanto tiempo". La verdad que si. Mucho. Y me puse a mirar. Había 4 mesas: en una había 3 muchachos y en las otras 3, un sólo tipo por mesa. ¿Qué tan infeliz puede ser una persona? ¿Qué hacen, que buscan ahí sentados, solos, con un vaso de vino en frente? Y yo hacía lo mismo.
En mi época, yo me recorría todos los boliches. 6 o 7 por día. Salía de uno y entraba en otro. ¿Para qué? Me dirás vos. No lo sé. Yo tenía ansiedad, tenía que verlos a todos, escuchar que hablaban, entender, matar el reloj o matarme a mí, que se yo. Después volvía a mi casa y se terminó. Qué buscan, a quien esperan estos tipos en el fondo de esos vasos, de esas botellas. Nadie lo sabe.
Pero yo sé que él si sabía. Y lo sabía de sobra. Como no lo iba a saber, si era de los hombres más inteligentes que yo alguna vez pude conocer. Pero si hay alguna cosa que Beto no encontró nunca, ni en el fondo de la botella más oscura, más profunda, fue valor en sí mismo…

-  Por ejemplo, es como si yo ahora, que dejé de tomar hace 10 años, me pusiera a evangelizar sobre los beneficios de dejar de pegártela todas las noches...quizás algunos dirían "que ejemplo, el Pilo, como se superó", pero los más dirían, " quien se cree este borracho para andar predicando".
Así era él. Decía estas cosas, entre risotadas y sus ojos claros y límpidos clavados en los tuyos. Y uno no sabía si largarse a llorar, abrazarlo, pedirse un whisky doble o salir rajando. Que hoy lo escriba, no tiene ningún sentido, porque todo lo que me falta comunicar, está en esa mirada que, sospecho, no me va a dejar nunca en paz. Esa mirada que encerraba temor, o algo parecido a la vergüenza. Esa vergüenza de borracho de pueblo, de borracho conocido, que te queda pegada en la piel, junto con las cicatrices de tantas caídas, de tantos papelones, de tantas noches viejas y frías.
Yo nunca supe que hilo invisible me unía tan irrefrenablemente hacia los Hermanos Pilo.
Si es que comencé en esto de la bebida por sentirme cerca de ellos, por ser merecedor de su cariño, o es que ese ver la vida a través de los cristales de un vaso ya estaba en mí, venía en mí y eso me unió a ellos. No sé si sus abrazos me calmaban la ausencia de ese viejo que casi no conocí. O si sus anti-consejos me fueron vitales para sobrevivir y rasgar con puñales de luz este enorme muro negro ante el que nos han puesto.
Yo tampoco sé por qué bebo. Pero hay algo que sería deshonesto callar, y que de alguna manera me aleja de esos 7 borrachos que me encontré en el boliche esa noche, con Genaro. Yo también me siento sólo a veces. Pero no sé si la soledad tiene el mismo rostro para todos. Y aunque con muchas dificultades, yo aun le afano un par de oportunidades a esta puerca vida. Todavía quizás estoy a tiempo de que una mujer buena me espere.  Estas cosas me ponen -lo quiera o no- en otra vereda. Quizás la tengo más fácil, quizás sólo bebo por un capricho. O no. Quizás, aunque con diferentes matices, todos buscamos lo mismo. Cada uno, aunque ni lo llegue a sospechar, sabe que infiernos intenta apagar…

Crónica de una noche con el ídolo

  Me había enamorado. Y pfff, ¡De qué manera! Por esa época no tenía yo ni un cobre, por más que me diera vuelta como un bolsillo del derech...