domingo, 30 de agosto de 2020

Crónica de una noche con el ídolo

 Me había enamorado. Y pfff, ¡De qué manera! Por esa época no tenía yo ni un cobre, por más que me diera vuelta como un bolsillo del derecho y del revés. No encontraba un centavo, menos para libros. Si inocentemente quedaba un resto de algo, era gentilmente quemado a la vera del río, en latas de cualquier cerveza. Es que era enero y había que sobrevivirlo de alguna manera. Pero eso no me impidió leerlo con voracidad, con desesperación. Era pobre pero no completamente pobre: tenía tiempo. Y tener tiempo en enero, aunque la humedad y la soledad me engulleran, era por lo menos, un atisbo de esperanza. Yo tenía su nombre merodeándome hace rato, pero alguna cosa indeterminada me alejaba aun de él. Hasta que un día cualquiera un título de la biblioteca de un amigo que corría la misma suerte que yo pero que anteponía la erudición al alcoholismo, me lo cedió sin vueltas. “El origen de la tristeza” era muy prometedor para lo poco que yo esperaba de aquellas noches. Al principio, debo confesar, me fue más fácil desconfiar. Si bien era un autor “consagrado”, su contemporaneidad y posibilidad de cercanía me hacían desconfiar. Por un lado, porque siempre hice un altar del reniegue. Y por el otro, porque aquello “lejos y hace tiempo”, inasible, imposible de contrastar con el aquí y ahora, siempre había ejercido un poder sobrenatural en mí, pues la melancolía era un estilo y una trinchera para mi manera de ver el mundo y las cosas. El primer capitulo no provocó en mi nada muy alejado de estas orillas. Ya para el segundo, algo se había empezado a abrir en mi pecho, y para la última página (que no fue más que tres o cuatro días después de haberlo comenzado) comencé a llorar. ¿Recuerdan donde estaban cuando terminaron un libro que les arrancó un pedazo? De piel o de alma. Lo mismo da. Por la razón que sea.  Yo estaba bajo una santa Rita que marcaba el límite entre la naturaleza y la ruta, en un parque que me quedaba cerca del trabajo, buscando algo más o menos poético o que por lo menos me diera un poco de sombra en medio de aquel infierno de hormigas y sol. Y así saltando, medio renga, me fui a la segunda novela y aun a la tercera. Había encontrado algo. Luego de tanta búsqueda, de tanto revolver cajones, bolsillos, estantes llenos de tierra donde no iba a poder siquiera caerme muerta, había encontrado algo. Esta vez, sin resolverlo conscientemente, fue la obra quien me llevó al autor y no a la inversa, como me había pasado en numerosas ocasiones. Cuando ya había terminado de leer todo lo que habían podido prestarme, y no pudiendo adquirir lo que me faltaba por mis propios medios, me adentré en ver quien rayos era ese desconocido cuarentón ex adicto a quien casi conocía más que a mi propio hermano. Entonces supe algunas cosas, que claro, habían estado en sus páginas todo el tiempo: que la tristeza había comenzado en el entrañable e irrecuperable conurbano bonaerense que ya nunca más será.  Que había sido un heredero directo del tango y por lo mismo, de la nostalgia. Que venía de una casa pobre pero no tanto, de padres que habían sacrificado sus sueños y deseos para que a él no le faltase nada. Y que igual le faltaron muchas cosas. Border de los títulos y las instituciones. Mal amante de mujeres y sustancias. Lector voraz. En síntesis, prontuario de la única clase de escritores que yo podía concebir para aquel momento. Lo adosé sin demasiadas vueltas o cuestionamientos, a mi altar de héroes marginales que ya sabía que debía haber quemado hace tiempo. 


Deseé tanto, deseé tanto que esa noche no hubiese existido, que se me hubiese echo tarde, que simplemente me hubiese ido a la hora que tenía que irme. Pero eso fue mucho más tarde. De momento era yo y mis circunstancias, y mis circunstancias eran estas: en medio de un enamoramiento que me había jurado una y mil veces que dejaría de ser así, pero que no me bancaba del todo abandonar. Ese escritor era como verme en un espejo del futuro. Nos unían la misma imposibilidad y la misma melancolía. Me veía reflejada en su estilo, tan visceral y autorreferencial, en sus excesos, en su lucha desesperada por ser...Y escribir. Y fundamentalmente en algo que me permitía dormir tranquila apesar de los mosquitos: siendo fiel a un estilo, "había llegado" como de seguro dirían en su barrio. Y también en el mío. 

Como todo lo que el tiempo hace con los exabruptos, yo ya casi estaba por pasar a otro tema cuando una amiga me avisó que mi aclamado autor estaría presentando su nuevo poemario en un antro de luces rojas y tragos a precios módicos. Me inundó la emoción. Intenté no cargar el evento de expectativas. Superpuse planes, rubro en el cual me especializaba. Pero pese a todo allí estuve esa noche. Puntual como nunca, con algunos pares de amigos acompañando. El calor sofocante y la humedad contenida en un cielo casi rojizo, eran casi una continuación de la escenografía de “Luzbelito”. Nosotros estábamos ya bien adheridos al ambiente, siendo parte de alguna suerte del Todo. El lugar era chiquito pero condensado, como el olor que emana un corazón achicharrándose. Las demás personas iban llegando de a poco. Ni bien cruzó la puerta vi que me vio mirándolo.

No poder traducir con precisión que me dijo esa mirada, habla de lo mucho que me falta en el oficio. Pero si hay algo que no voy a olvidar, es esa sensación, prematura o premonitoria (después lo sabría) de que a veces, consagrarse con las palabras no sirve para nada, no alivia ningún dolor. La noche ya se había subido al tren y nosotros con ella. Afuera se estaba por caer el cielo y adentro ya no cabía un alfiler.  Él agarró el micrófono y comenzó, vehemente, seductor, esclavo de ansiedades ancestrales. Yo debí anticiparme y no quise o no lo pude hacer. Pienso que es como querer evitar un accidente o un desamor. Un esfuerzo inútil. Sus poemas eran incisivos, pesados, sin dejar de ser sinceros, profundamente tiernos. A la par que se desangraban las páginas, también él con sus vasos de whisky. En un momento el charco lo rodeo completo: “Cambiaría a todos ustedes y toda esta noche por una merienda con mi hermana". Fue suficiente para que algo así como la lava de un volcán se esparciera por todo el antro. 

Yo tenía cómplices, pero a la vez, era como si el único que realmente me entendiera fuera él. En su locura, en su irse a la banquina, en su dolor. Cada tanto agarraba mi celular y me oprimía la hora en el reloj: hora de retirarme hacia el plan superpuesto. Pero no podía irme sin acercarme y decirle algo, lo que fuera, que lo leía, que lo conocía, que lo quería. No tuve que hacer mucho esfuerzo. Era un pibe de barrio, sólo eso. Le hablé de no sé qué cosas, sueños y proyectos, un espacio cultural que sosteníamos con amigos. Él estaba cada vez más borracho y perdido en vaya a saber que profundos y neptunianos océanos interiores. Y a la vez muy presente. Me dijo que armara lo que quisiera y que él vendría. Nada podía salir mal esa noche. Hasta que todo salió mal.

 La llegada de una mujer. Siempre una mujer. Una mujer que viene y cambia el curso de las cosas, o las encauza, o hace que las máscaras se rompan en mil pedazos o simplemente que las verdades y la luz se encuentren en un mismo plano. Esta mujer, joven promesa de las letras en nuestro entorno, le hizo morder la cola. Al principio intentó seducirla desde el paternalismo y la ternura. Pero cuando vio que la presa en cuestión no se doblegaba ante el “escritor célebre”, no le quedó más que mostrar la hilacha. Ella le había recitado de memoria el inicio de su primera novela, recientemente publicada. “Eso desde el vamos, está muy mal escrito” dijo con violencia, y a continuación, repitió el decálogo perfecto del escritor machista. Mi tristeza, como testigo casual de la escena, fue al menos en tres direcciones: primero por la humillación hacía la mujer; segundo, porque no fue original ni siquiera en su violencia: recurrió a los lugares más comunes, miserables y vulgares que se les pueda ocurrir. Y tercero, por ver como él mismo era artífice activo de su propia ruina. Afuera se había largado a llover con prisa y sin pausa. 

De allí en adelante, fueron muchas las noches en que mirando mi biblioteca, contemplando los libros de él que nunca me compré, repetí para mis adentros: qué hubiese dado porque esa noche no existiera, porque se me hubiese echo tarde como siempre se me hacía, o que simplemente me hubiese ido a la hora en que tenía que irme. Que hubiese dado por conservarlo como ese perfecto conocido totalmente desconocido, por seguir amando algo que finalmente no me atrevía a mirar de frente, y ahí está, precisamente lo que allí arriba no pude narrar. Porque él siempre había sido eso. Él nunca se había ocultado, ni siquiera entre sus páginas.


Crónica de una noche con el ídolo

  Me había enamorado. Y pfff, ¡De qué manera! Por esa época no tenía yo ni un cobre, por más que me diera vuelta como un bolsillo del derech...