"Yo te quería amar y no sabía tu nombre" - Charly García
Salgo luego de varios días de encierro. Sé que tengo que
apurarme: el invierno comenzó en todo nuestro hemisferio y los rayos del sol a
esa hora de la tarde y con esa nubosidad extraña, cotizan a un precio que no
podré pagar. Con paso ligero comienzo a atravesar el parque que me separa del
río. Vengo distraída, otra vez afectada por el amor y sus embates. No obstante,
mi actitud contemplativa es irrenunciable y no me pierde los pasos. Giro la
cabeza a la derecha: adolescentes saltando en rampas con sus bicicletas bmx y
sus skates. Giro a la izquierda: un fuego prendido en una grieta del puente que
separa el parque de la avenida. Miro un poco más y los veo: son un par y viven,
no debajo del puente sino en el centro mismo, en un agujero que se le hizo al hormigón;
están secando ropa sobre un tejido de alambres que está a continuación de la
grieta. "Son casi primitivos" pienso instantáneamente. “Están
agrietados”. Me quedo observando el
fuego y pienso en como extraño prender uno con amigos, danzar alrededor y jugar
a ser lo que no somos. Pero es difícil prender fuegos en los departamentos.
Sigo caminando, me vuelven a ganar los pensamientos mundanos
mientras atravieso la avenida. Me topo con él y se me olvida todo: también está
agujereado, sangra, pero aun así sigue siendo inmenso y hermoso. Entre un cielo
de colores de la gama de la tristeza, algunos últimos destellos anaranjados hacen
sobrellevable la escena. Yo estoy de la baranda para acá, donde nunca pasa
nada, donde se camina segura y se recrea la vista, se hace ejercicio, en fin,
donde se vive la buena vida. Ellos están de la baranda para allá: en sus
bicicletas, en sus motos, llegan desde barrios remotos con sus cañas y un par
de bolsas cargadas de anzuelos, urgencias y ansias. Me inclino a pensar que los
mueve otra cosa que no tiene que ver con el valor turístico o sentimental de arrimarse
a ver el río. Algo que se me figura lejano y ajeno, como pedazos de una vida
que nunca tendré necesidad de tener. Y están ahí, intentando pescar algo,
migajas de un río que se está quemando. Sigo avanzando, pero la libertad se
choca con los límites de la elección. ¿Por qué lado seguir? hacia el norte la civilización se presenta
llana y expectante: todo un paseo nuevo, diseñado, gris y frívolo. Pedazos de
shoppings y edificios caros desterrando para siempre los recuerdos del puerto
donde una vez comenzó todo. Opto por el sur. Camino, escucho música, intento
escabullirme en las canciones y alejarme de los pensamientos, de los sentires
que se van volviendo pesados y duros y se apelotonan en eso que llaman corazón.
"Nadie supo que el tiempo era una herida" me arroja una canción y aunque
quiera, no puedo hacerme la desentendida. Extiendo las manos y la tomo, antes
que caiga al suelo, antes que se la trague el río o se la lleve por error un
pescador. Pienso si quizás no nos mintieron otra vez, como en los cuentos de
hadas y el tiempo en realidad no cure nada y yo te siga esperando como siempre.
Como ayer. Camino. Llego a un banco de madera y reposo unos minutos. Sigo
avanzando y entonces veo la escena que me atraviesa entera: un loft, como lo llaman
en el centro. Un monoambiente. Solo que clavado en el medio del Paraná. Sin
techos ni paredes. Es una explanada de cemento del tamaño del departamento de
cualquiera de mis amigos. Está lleno de cosas cotidianas, de la vida común y
corriente de todos los días. Es como una mudanza flotante. Pero no. Las cosas están
dispuestas y ordenadas, marcando diferentes ambientes. Hay unas macetitas en el
lugar de lo que oficiaría como balcón. Yo me cuelgo contemplando sin pudor,
casi sin conciencia, otra vez, como si el tiempo no fuera nada, solo una herida.
No veo a nadie hasta que se me acerca. Es una mujer flaca, de piel marrón,
curtida. De gesto amable. Le pido perdón por quedarme mirando así, sin la
capacidad de formular ninguna excusa más o menos creíble. Me dice que no pasa
nada, me lo dice sinceramente, con una mirada límpida, sin ofensa ni reclamos.
Le hago un par de preguntas, con quien vive, si esta hace mucho. Le señalo el
fuego y me dice que ahora tiene que calentar el agua para el mate así, porque
la otra noche le robaron la garrafa. Yo le respondo tonterías turísticas, o no,
pero que en ese momento así me parecen, inútiles, como yo ahí, hablando con
ella desde este lado de la baranda. Respondo entre la abstracción y el
automatismo, porque algo en la escena se me metió adentro y no me deja
reaccionar. Me dice que se llama Vero. “Media verónica”, pienso inmediatamente.
Es flaca como media verónica, pero así y todo sonríe y no parece ocultar
ninguna tristeza. Dice que vive hace mucho en ese loft que da al río. Por supuesto,
no usa tales palabras. Me responde que tiene hijos pero que claro que no los tiene
ahí con ella.” ¿Cómo va a calentarlos sin garrafa?” Pero no digo nada, quizás
solo con los gestos y con una media sonrisa apagada como la tarde. Me dice que
me vio muchas veces, le digo que vivo cerca. “Qué lindos rulos” y le agradezco
el elogio. Logro deshacerme de su mirada y miro hacia el cielo. Ya no queda una
pizca de sol, y el río se ha vuelto un espejo gris que se traga toda la escena.