domingo, 28 de junio de 2020

Escenas II: "Turismo costeño"


                                                             "Yo te quería amar y no sabía tu nombre" - Charly García

Salgo luego de varios días de encierro. Sé que tengo que apurarme: el invierno comenzó en todo nuestro hemisferio y los rayos del sol a esa hora de la tarde y con esa nubosidad extraña, cotizan a un precio que no podré pagar. Con paso ligero comienzo a atravesar el parque que me separa del río. Vengo distraída, otra vez afectada por el amor y sus embates. No obstante, mi actitud contemplativa es irrenunciable y no me pierde los pasos. Giro la cabeza a la derecha: adolescentes saltando en rampas con sus bicicletas bmx y sus skates. Giro a la izquierda: un fuego prendido en una grieta del puente que separa el parque de la avenida. Miro un poco más y los veo: son un par y viven, no debajo del puente sino en el centro mismo, en un agujero que se le hizo al hormigón; están secando ropa sobre un tejido de alambres que está a continuación de la grieta. "Son casi primitivos" pienso instantáneamente. “Están agrietados”.  Me quedo observando el fuego y pienso en como extraño prender uno con amigos, danzar alrededor y jugar a ser lo que no somos. Pero es difícil prender fuegos en los departamentos.
Sigo caminando, me vuelven a ganar los pensamientos mundanos mientras atravieso la avenida. Me topo con él y se me olvida todo: también está agujereado, sangra, pero aun así sigue siendo inmenso y hermoso. Entre un cielo de colores de la gama de la tristeza, algunos últimos destellos anaranjados hacen sobrellevable la escena. Yo estoy de la baranda para acá, donde nunca pasa nada, donde se camina segura y se recrea la vista, se hace ejercicio, en fin, donde se vive la buena vida. Ellos están de la baranda para allá: en sus bicicletas, en sus motos, llegan desde barrios remotos con sus cañas y un par de bolsas cargadas de anzuelos, urgencias y ansias. Me inclino a pensar que los mueve otra cosa que no tiene que ver con el valor turístico o sentimental de arrimarse a ver el río. Algo que se me figura lejano y ajeno, como pedazos de una vida que nunca tendré necesidad de tener. Y están ahí, intentando pescar algo, migajas de un río que se está quemando. Sigo avanzando, pero la libertad se choca con los límites de la elección. ¿Por qué lado seguir?  hacia el norte la civilización se presenta llana y expectante: todo un paseo nuevo, diseñado, gris y frívolo. Pedazos de shoppings y edificios caros desterrando para siempre los recuerdos del puerto donde una vez comenzó todo. Opto por el sur. Camino, escucho música, intento escabullirme en las canciones y alejarme de los pensamientos, de los sentires que se van volviendo pesados y duros y se apelotonan en eso que llaman corazón. "Nadie supo que el tiempo era una herida" me arroja una canción y aunque quiera, no puedo hacerme la desentendida. Extiendo las manos y la tomo, antes que caiga al suelo, antes que se la trague el río o se la lleve por error un pescador. Pienso si quizás no nos mintieron otra vez, como en los cuentos de hadas y el tiempo en realidad no cure nada y yo te siga esperando como siempre. Como ayer. Camino. Llego a un banco de madera y reposo unos minutos. Sigo avanzando y entonces veo la escena que me atraviesa entera: un loft, como lo llaman en el centro. Un monoambiente. Solo que clavado en el medio del Paraná. Sin techos ni paredes. Es una explanada de cemento del tamaño del departamento de cualquiera de mis amigos. Está lleno de cosas cotidianas, de la vida común y corriente de todos los días. Es como una mudanza flotante. Pero no. Las cosas están dispuestas y ordenadas, marcando diferentes ambientes. Hay unas macetitas en el lugar de lo que oficiaría como balcón. Yo me cuelgo contemplando sin pudor, casi sin conciencia, otra vez, como si el tiempo no fuera nada, solo una herida. No veo a nadie hasta que se me acerca. Es una mujer flaca, de piel marrón, curtida. De gesto amable. Le pido perdón por quedarme mirando así, sin la capacidad de formular ninguna excusa más o menos creíble. Me dice que no pasa nada, me lo dice sinceramente, con una mirada límpida, sin ofensa ni reclamos. Le hago un par de preguntas, con quien vive, si esta hace mucho. Le señalo el fuego y me dice que ahora tiene que calentar el agua para el mate así, porque la otra noche le robaron la garrafa. Yo le respondo tonterías turísticas, o no, pero que en ese momento así me parecen, inútiles, como yo ahí, hablando con ella desde este lado de la baranda. Respondo entre la abstracción y el automatismo, porque algo en la escena se me metió adentro y no me deja reaccionar. Me dice que se llama Vero. “Media verónica”, pienso inmediatamente. Es flaca como media verónica, pero así y todo sonríe y no parece ocultar ninguna tristeza. Dice que vive hace mucho en ese loft que da al río. Por supuesto, no usa tales palabras. Me responde que tiene hijos pero que claro que no los tiene ahí con ella.” ¿Cómo va a calentarlos sin garrafa?” Pero no digo nada, quizás solo con los gestos y con una media sonrisa apagada como la tarde. Me dice que me vio muchas veces, le digo que vivo cerca. “Qué lindos rulos” y le agradezco el elogio. Logro deshacerme de su mirada y miro hacia el cielo. Ya no queda una pizca de sol, y el río se ha vuelto un espejo gris que se traga toda la escena.

Crónica de una noche con el ídolo

  Me había enamorado. Y pfff, ¡De qué manera! Por esa época no tenía yo ni un cobre, por más que me diera vuelta como un bolsillo del derech...