lunes, 16 de marzo de 2020

Boliche




Yo tuve la dicha de conocerlos y aprender de ellos lo bueno, lo malo, lo que se puede señalar y nombrar y lo que flota imperceptible, indescifrable, aún hoy mientras escribo esto, en el fondo del pecho.
Quién sabe por qué bebe la gente. Así como yo todavía no se bien porqué escribo esto que escribo, quizás si todos en este mundo se hubiesen preguntado porque hacen las cosas que hacen, las mejores cosas de este mundo no se hubiesen hecho nunca.
De cualquier manera, volviendo a lo que quería contar, yo conocí a los hermanos Pilo siendo muy pequeño. Eran dos hermanos de mi pueblo que, aunque parecidos, para mí siempre fueron el día y la noche. Eran gigantes, como dos pilares de cemento sólido. Aunque más que pilares, siempre los imaginé más bien como unos faros. Unos enormes faros que tenían por luces unos ojazos claros por donde se les veía toda el alma. Porque eran claros los hermanos Pilo. Sí que lo eran. Sólo que ellos, desconfiados insalvables, intentaban tapar la transparencia entre vasos, silencios y noches. Pilo Grande se llamaba Alberto y había estrenado este mundo 5 años antes que Genaro, el Pilo menor.
Ambos venían de un mismo jardín, de una misma raíz. Habían sido las semillas de una pareja de tanos que llegaron al pueblo en los años 20, en esos aluviones de inmigrantes que venían a matar el hambre y sembrar esperanzas. Habían tenido la misma infancia y el mismo amor. Y así y todo, a mi nunca me entró en la cabeza, como podía ser que fueran tan distintos.

Creo que esta idea terminó de establecerse en mi, el día que salí a dar vueltas en bicicleta por las calles del pueblo. Era un domingo fatalmente aburrido y yo decidí desempolvar esa vieja costumbre mia. Una de las tantas cosas que extrañaba, desde que me había ido a vivir a la capital, era esa sensación de sentirme dueño de las calles, de sus veredas, del aroma de los árboles, de la armoniosa imagen que devolvían los ancianos tomando mates en sus tapiales. Esa sensación, que se parece a la infancia, de que nada malo puede pasarte.  Iba asi, distraido en mis cavilaciones, cuando me topé sin darme cuenta, con la casa de Genaro. Me llevó por delante la sorpresa. La casa estaba venida abajo, prácticamente abandonada. Lo primero que pude pensar fue sí él se encontraría bien. Los yuyos más bajos me llevaban dos cabezas, y eso que me conocen como el “Lungo”. El frente de lo que había sido un hermoso chalecito, era ahora el principio de un bosque denso y desentrañable. Quizás Genaro se había empezado a desmoronar junto con su frente, el día que la Rubia se fue. A los días me lo crucé por la calle y supe que andaba bien, o por lo menos, como siempre. Genaro era un personaje. Así, a secas. No importa si de película o de novelas o de qué. Un personaje de historias, de pequeños y grandes segmentos de una vida vivida al límite, jugando con fuego, pero conociendo a la perfección las reglas del juego. Un personaje que no cualquier escritor se hubiese bancado inventar. A mí me fascinaba. Quizás porque yo nunca podría ser así. Genaro fue para mi el último bohemio. Un tipo aliado de la noche y de todos sus encantos y venenos. Rebelde pero sin siquiera planteárselo. Guapo sobreviviente de la colimba, de quedar sin padre en plena adolescencia, y de una mujer. Y hasta aquí nada muy fuera de lugar para este tipo de escenas. Pero, en el medio de todo eso, fue incansable deportista, trabajador de oficina que jamás se tomó vacaciones. Y padre soltero. Y también fue iniciatico para mi, en esos momentos cruciales de mi vida, como la hora de todo hombre en que se cruza por primera vez con la noche y todo cambia para siempre.
Hace muchos años que yo me fui de aca. Por eso le perdí bastante el rastro. Pero era una de las primeras personas en cruzarme cuando volvía, casi siempre solo o con compañías ocasionales, tomando un café a la mañana, haciendo los crucigramas del diario, tomando un vino por la noche.  
Pilo grande había corrido otra suerte. Él había encontrado una morocha fuerte que se tomó muy enserio lo de “hasta que la muerte los separe”. Y ahí estaban, con treinta y pico de años de matrimonio, hijo y nietos.

Alberto era un tipo grandioso. En el pueblo no había una sola persona que no lo quisiera. Los años, a veces justos, lo habían retribuido, haciéndolo dueño de una gran calma y sabiduría. Sensible había sido siempre. Gran lector, amante del tango y del jazz, zurdito. Era un coleccionista. No solo de extensos biblioratos donde ordenaba desde diferentes criterios, fragmentos de todo lo que pasaba por sus manos, ojos u oídos. Si no también de personajes. De seres, esos con brillos particulares que solo los pocos privilegiados con una sensibilidad fina y amiga del detalle, son capaces de percibir.
Pilo también tuvo una amante. Una amante de cuello largo, pero a diferencia del menor, él la había dejado de abrazar hace mucho tiempo ya.
Y su casa, y el frente de su casa, con el césped verde y al ras, y numerosas plantas y flores de buen aroma y color, era la más linda de su cuadra.
La última vez que vi a los hermanos Pilo fue por separado, hace varios años ya. Muy contadas eran las ocasiones en que te los podías encontrar juntos. Otra peculiaridad de su existencia, el vínculo que tenían entre sí. Nunca vi a dos hermanos tratarse con tanta distancia, con tanto respeto hasta parecido al temor. Y sin embargo, se profesaban un amor profundo e imposible.
A Genaro me lo encontré de casualidad -aunque quizás yo iba un poco en su búsqueda- en un antro que atendía una mujer muy flaca sobre la ruta del pueblo. Era básicamente un almacén que en verano tenía una mesa larga de madera sobre la vereda que daba a la ruta y que en invierno funcionaba de igual manera, pero en un galpón de mala muerte que quedaba pegado al almacén.
Hace años que yo no pasaba por ahí, porque desde que me había ido a estudiar a la capital, volvía al pueblo cada vez menos.
Recuerdo que dejé mi bicicleta sobre un árbol y me fui acercando a la mesa, largo, titubeante y tímido como soy. Genaro ni bien me vio me pegó un grito con su vozarrón inolvidable: "¡qué haces pibe! Me acerqué y lo abracé fuerte y algún que otro concurrente me levantó la mirada, indiferente. Genaro le pidió a la flaca un vaso para mi e inmediatamente estuve otra vez siendo cómplice de su dimensión, de esa dimensión pintada con el color de las uvas. La escena vista desde afuera era más o menos la siguiente: 7 borrachos sentados alrededor de una mesa de madera con mantel de hule, tomando variedad de vinos tinto baratos. Muy baratos. Cajitas y alguna que otra botella. Comían unos sanguches de carne, o hamburguesas, el menú que la flaca gentilmente ofrecía noche a noche. Genaro me puso al tanto de la situación, inmediatamente: el pelado de la punta se dormía todas las noches y el pibe de al lado -que "no tenía todos los patos en fila"- aprovechaba y le bajaba la botella. Luego el pelado, tras algunos cabezazos, se incorporaba y puteaba de buena gana al ventajero borrachín de los patos desordenados. Así, con mis carcajadas y con su gesto impune y su cara inmutable, iniciaba una larga charla que me paseaba por miles de historias, anécdotas y delirios en los que yo iba entretejiendo a pinceladas un país y un pueblo que no conocí. El asunto del cabaret siempre me impactaba más de la cuenta. No sé si golpeaba directamente en mi propia vergüenza, no sé si era por él o por mí que me incomodaba o quizás que me entristecía. Esa última noche, supe que Genaro ya no me veía como ese niño al que le había enseñado básquet tantos años atrás, sino como un adulto, el adulto que, aunque me negara, estaba creciendo adentro mío.
- Antes era otra cosa, pibe. El cabaret era un espectáculo, tocaban las mejores orquestas del país, se pasaba un buen rato. A mí ya me conocían y me mandaban a las minas más lindas. Bah, no me las mandaban, venían solas. Yo tenía una pinta bárbara. Pero era otra cosa, no eran los tumbaderos que hay ahora. Yo salía con ellas. Si una me gustaba, la llevaba a comer, al teatro, a los bailes. Pero siempre en la noche, estaba determinado así. Y los de la noche nos conocíamos todos... después estaban los giles que salían nomas los fines de semana y encima te la querían contar. Yo no. Por aquellos años no dormía. Llegaba cerca de las 7, me duchaba y a la oficina... después a entrenar y después otra vez la noche, dispuesta sobre el mantel...
Yo acotaba poco, más que nada preguntas, me gustaba escucharlo, verlo hacer su personaje. Porque después cuando fui creciendo supe -y ahí está  ese desgarro del que hablo, ese empezar a aceptar al mundo y a su gente como realmente son y no como vos quisieras- Genaro, detrás de ese vozarrón grave y ese porte de hombre de la noche, que se peleaba con todo el mundo de café en café por Política o no tenía reparo en decirle en la cara a alguien "Este es un insoportable", era un tipo sensible y lleno de tristezas, que no sabía esconder los ojos vidriosos cada vez que escuchaba o hablaba de algo con lo que no podía.

Con Alberto, como ya había dicho, era otra cosa. A él Hace tiempo que no te lo cruzabas en un boliche. Una tarde de otoño, esas que anuncian que si la próxima no te abrigas te vas a cagar bien de frío, Alberto había resuelto dejar de tomar para siempre. Los parroquianos nunca supieron bien cuál de todas fue la gota que colmó el vaso. Pilo grande, de amabilidad de acero, si hay algo que odiaba, era dar explicaciones sobre lo obvio. Lo cierto es que jamás, hasta el día de hoy, o hasta esa última tarde que yo lo vi, volvió a probar una gota de alcohol.
"¿Para qué? si yo ya tomé para esta y un par de vidas más" solía decir, con esos giros literarios con los que siempre deleitaba a quienes tenía cerca.
Esa tarde que lo encontré, compartimos un café en la confitería de la terminal, mientras yo esperaba el bondi que me devolviera a casa. Charlar con Alberto era un verdadero placer. Su estilo, como ya he dicho, era otro. Si bien de pueblo, si bien de barrio y de club (también había sido entrenador mio), él era un intelectual, una enciclopedia sensible y viva. Esa tarde, no sé si por necesidad, no se si por casualidad, el propuso el tema, lo sacó y lo dispuso sobre la mesa, entre las servilletas y los restos de miga de bizcochos y medialunas.
Me extendió la mano: era un recorte del diario Clarín que se titulaba: " Cuando el escritor de la borrachera desmintió el romanticismo del alcohol.” Tragué saliva porque lo supe: otra vez me iba a ir con las visceras revueltas, solo por tomarme un café con el Pilo Mayor. De modo que me entregué, sin más. El artículo era preciso: datos estadísticos sobre el nivel de alcoholismo en nuestro país y otros importantes. En un acertado contrapunto con citas de Abelardo Castillo y su búsqueda por desromantizar al alcohol como musa de los escritores y artistas.
- Nadie sabe por qué toma, Lungo. Simplemente lo hace. Si el alcohol es bueno o malo, esas son puras macanas. El otro día, pasé de Otilia, porque mi señora le había encargado unas empanadas por el 25 de mayo entonces las fui a buscar. "Beto querido tanto tiempo". La verdad que si. Mucho. Y me puse a mirar. Había 4 mesas: en una había 3 muchachos y en las otras 3, un sólo tipo por mesa. ¿Qué tan infeliz puede ser una persona? ¿Qué hacen, que buscan ahí sentados, solos, con un vaso de vino en frente? Y yo hacía lo mismo.
En mi época, yo me recorría todos los boliches. 6 o 7 por día. Salía de uno y entraba en otro. ¿Para qué? Me dirás vos. No lo sé. Yo tenía ansiedad, tenía que verlos a todos, escuchar que hablaban, entender, matar el reloj o matarme a mí, que se yo. Después volvía a mi casa y se terminó. Qué buscan, a quien esperan estos tipos en el fondo de esos vasos, de esas botellas. Nadie lo sabe.
Pero yo sé que él si sabía. Y lo sabía de sobra. Como no lo iba a saber, si era de los hombres más inteligentes que yo alguna vez pude conocer. Pero si hay alguna cosa que Beto no encontró nunca, ni en el fondo de la botella más oscura, más profunda, fue valor en sí mismo…

-  Por ejemplo, es como si yo ahora, que dejé de tomar hace 10 años, me pusiera a evangelizar sobre los beneficios de dejar de pegártela todas las noches...quizás algunos dirían "que ejemplo, el Pilo, como se superó", pero los más dirían, " quien se cree este borracho para andar predicando".
Así era él. Decía estas cosas, entre risotadas y sus ojos claros y límpidos clavados en los tuyos. Y uno no sabía si largarse a llorar, abrazarlo, pedirse un whisky doble o salir rajando. Que hoy lo escriba, no tiene ningún sentido, porque todo lo que me falta comunicar, está en esa mirada que, sospecho, no me va a dejar nunca en paz. Esa mirada que encerraba temor, o algo parecido a la vergüenza. Esa vergüenza de borracho de pueblo, de borracho conocido, que te queda pegada en la piel, junto con las cicatrices de tantas caídas, de tantos papelones, de tantas noches viejas y frías.
Yo nunca supe que hilo invisible me unía tan irrefrenablemente hacia los Hermanos Pilo.
Si es que comencé en esto de la bebida por sentirme cerca de ellos, por ser merecedor de su cariño, o es que ese ver la vida a través de los cristales de un vaso ya estaba en mí, venía en mí y eso me unió a ellos. No sé si sus abrazos me calmaban la ausencia de ese viejo que casi no conocí. O si sus anti-consejos me fueron vitales para sobrevivir y rasgar con puñales de luz este enorme muro negro ante el que nos han puesto.
Yo tampoco sé por qué bebo. Pero hay algo que sería deshonesto callar, y que de alguna manera me aleja de esos 7 borrachos que me encontré en el boliche esa noche, con Genaro. Yo también me siento sólo a veces. Pero no sé si la soledad tiene el mismo rostro para todos. Y aunque con muchas dificultades, yo aun le afano un par de oportunidades a esta puerca vida. Todavía quizás estoy a tiempo de que una mujer buena me espere.  Estas cosas me ponen -lo quiera o no- en otra vereda. Quizás la tengo más fácil, quizás sólo bebo por un capricho. O no. Quizás, aunque con diferentes matices, todos buscamos lo mismo. Cada uno, aunque ni lo llegue a sospechar, sabe que infiernos intenta apagar…

1 comentario:

  1. Tuve que prepararme un poco para leerla (sabrás por qué) y aunque no te escondo que tuve que parar algunas veces para desempañar los vidrios, llegué al final y puedo decir que es una historia que conservaré siempre como un tesoro... Gracias Yami.

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