Yo tuve la dicha de
conocerlos y aprender de ellos lo bueno, lo malo, lo que se puede señalar y
nombrar y lo que flota imperceptible, indescifrable, aún hoy mientras escribo
esto, en el fondo del pecho.
Quién sabe por qué bebe la
gente. Así como yo todavía no se bien porqué escribo esto que escribo, quizás
si todos en este mundo se hubiesen preguntado porque hacen las cosas que hacen,
las mejores cosas de este mundo no se hubiesen hecho nunca.
De cualquier manera,
volviendo a lo que quería contar, yo conocí a los hermanos Pilo siendo muy
pequeño. Eran dos hermanos de mi pueblo que, aunque parecidos, para mí siempre
fueron el día y la noche. Eran gigantes, como dos pilares de cemento sólido. Aunque
más que pilares, siempre los imaginé más bien como unos faros. Unos enormes
faros que tenían por luces unos ojazos claros por donde se les veía toda el
alma. Porque eran claros los hermanos Pilo. Sí que lo eran. Sólo que ellos,
desconfiados insalvables, intentaban tapar la transparencia entre vasos,
silencios y noches. Pilo Grande se llamaba Alberto y había estrenado este mundo
5 años antes que Genaro, el Pilo menor.
Ambos venían de un mismo
jardín, de una misma raíz. Habían sido las semillas de una pareja de tanos que
llegaron al pueblo en los años 20, en esos aluviones de inmigrantes que venían
a matar el hambre y sembrar esperanzas. Habían tenido la misma infancia y el
mismo amor. Y así y todo, a mi nunca me entró en la cabeza, como podía ser que
fueran tan distintos.
Creo que esta idea terminó de
establecerse en mi, el día que salí a dar vueltas en bicicleta por las calles
del pueblo. Era un domingo fatalmente aburrido y yo decidí desempolvar esa
vieja costumbre mia. Una de las tantas cosas que extrañaba, desde que me había
ido a vivir a la capital, era esa sensación de sentirme dueño de las calles, de
sus veredas, del aroma de los árboles, de la armoniosa imagen que devolvían los
ancianos tomando mates en sus tapiales. Esa sensación, que se parece a la
infancia, de que nada malo puede pasarte.
Iba asi, distraido en mis cavilaciones, cuando me topé sin darme cuenta,
con la casa de Genaro. Me llevó por delante la sorpresa. La casa estaba venida
abajo, prácticamente abandonada. Lo primero que pude pensar fue sí él se
encontraría bien. Los yuyos más bajos me llevaban dos cabezas, y eso que me
conocen como el “Lungo”. El frente de lo que había sido un hermoso chalecito,
era ahora el principio de un bosque denso y desentrañable. Quizás Genaro se
había empezado a desmoronar junto con su frente, el día que la Rubia se fue. A
los días me lo crucé por la calle y supe que andaba bien, o por lo menos, como
siempre. Genaro era un personaje. Así, a secas. No importa si de película o de
novelas o de qué. Un personaje de historias, de pequeños y grandes segmentos de
una vida vivida al límite, jugando con fuego, pero conociendo a la perfección
las reglas del juego. Un personaje que no cualquier escritor se hubiese bancado
inventar. A mí me fascinaba. Quizás porque yo nunca podría ser así. Genaro fue
para mi el último bohemio. Un tipo aliado de la noche y de todos sus encantos y
venenos. Rebelde pero sin siquiera planteárselo. Guapo sobreviviente de la
colimba, de quedar sin padre en plena adolescencia, y de una mujer. Y hasta
aquí nada muy fuera de lugar para este tipo de escenas. Pero, en el medio de
todo eso, fue incansable deportista, trabajador de oficina que jamás se tomó
vacaciones. Y padre soltero. Y también fue iniciatico para mi, en esos momentos
cruciales de mi vida, como la hora de todo hombre en que se cruza por primera
vez con la noche y todo cambia para siempre.
Hace muchos años que yo me
fui de aca. Por eso le perdí bastante el rastro. Pero era una de las primeras
personas en cruzarme cuando volvía, casi siempre solo o con compañías
ocasionales, tomando un café a la mañana, haciendo los crucigramas del diario,
tomando un vino por la noche.
Pilo grande había corrido
otra suerte. Él había encontrado una morocha fuerte que se tomó muy enserio lo
de “hasta que la muerte los separe”. Y ahí estaban, con treinta y pico de años
de matrimonio, hijo y nietos.
Alberto era un tipo
grandioso. En el pueblo no había una sola persona que no lo quisiera. Los años,
a veces justos, lo habían retribuido, haciéndolo dueño de una gran calma y
sabiduría. Sensible había sido siempre. Gran lector, amante del tango y del
jazz, zurdito. Era un coleccionista. No solo de extensos biblioratos donde
ordenaba desde diferentes criterios, fragmentos de todo lo que pasaba por sus manos,
ojos u oídos. Si no también de personajes. De seres, esos con brillos
particulares que solo los pocos privilegiados con una sensibilidad fina y amiga
del detalle, son capaces de percibir.
Pilo también tuvo una amante.
Una amante de cuello largo, pero a diferencia del menor, él la había dejado de
abrazar hace mucho tiempo ya.
Y su casa, y el frente de su
casa, con el césped verde y al ras, y numerosas plantas y flores de buen aroma
y color, era la más linda de su cuadra.
La última vez que vi a los hermanos
Pilo fue por separado, hace varios años ya. Muy contadas eran las ocasiones en
que te los podías encontrar juntos. Otra peculiaridad de su existencia, el vínculo
que tenían entre sí. Nunca vi a dos hermanos tratarse con tanta distancia, con
tanto respeto hasta parecido al temor. Y sin embargo, se profesaban un amor
profundo e imposible.
A Genaro me lo encontré de
casualidad -aunque quizás yo iba un poco en su búsqueda- en un antro que
atendía una mujer muy flaca sobre la ruta del pueblo. Era básicamente un
almacén que en verano tenía una mesa larga de madera sobre la vereda que daba a
la ruta y que en invierno funcionaba de igual manera, pero en un galpón de mala
muerte que quedaba pegado al almacén.
Hace años que yo no pasaba
por ahí, porque desde que me había ido a estudiar a la capital, volvía al
pueblo cada vez menos.
Recuerdo que dejé mi
bicicleta sobre un árbol y me fui acercando a la mesa, largo, titubeante y
tímido como soy. Genaro ni bien me vio me pegó un grito con su vozarrón
inolvidable: "¡qué haces pibe! Me acerqué y lo abracé fuerte y algún que
otro concurrente me levantó la mirada, indiferente. Genaro le pidió a la flaca
un vaso para mi e inmediatamente estuve otra vez siendo cómplice de su
dimensión, de esa dimensión pintada con el color de las uvas. La escena vista
desde afuera era más o menos la siguiente: 7 borrachos sentados alrededor de
una mesa de madera con mantel de hule, tomando variedad de vinos tinto baratos.
Muy baratos. Cajitas y alguna que otra botella. Comían unos sanguches de carne,
o hamburguesas, el menú que la flaca gentilmente ofrecía noche a noche. Genaro
me puso al tanto de la situación, inmediatamente: el pelado de la punta se
dormía todas las noches y el pibe de al lado -que "no tenía todos los
patos en fila"- aprovechaba y le bajaba la botella. Luego el pelado, tras
algunos cabezazos, se incorporaba y puteaba de buena gana al ventajero
borrachín de los patos desordenados. Así, con mis carcajadas y con su gesto
impune y su cara inmutable, iniciaba una larga charla que me paseaba por miles
de historias, anécdotas y delirios en los que yo iba entretejiendo a pinceladas
un país y un pueblo que no conocí. El asunto del cabaret siempre me impactaba
más de la cuenta. No sé si golpeaba directamente en mi propia vergüenza, no sé
si era por él o por mí que me incomodaba o quizás que me entristecía. Esa
última noche, supe que Genaro ya no me veía como ese niño al que le había
enseñado básquet tantos años atrás, sino como un adulto, el adulto que, aunque
me negara, estaba creciendo adentro mío.
- Antes era otra cosa, pibe.
El cabaret era un espectáculo, tocaban las mejores orquestas del país, se
pasaba un buen rato. A mí ya me conocían y me mandaban a las minas más lindas.
Bah, no me las mandaban, venían solas. Yo tenía una pinta bárbara. Pero era
otra cosa, no eran los tumbaderos que hay ahora. Yo salía con ellas. Si una me
gustaba, la llevaba a comer, al teatro, a los bailes. Pero siempre en la noche,
estaba determinado así. Y los de la noche nos conocíamos todos... después
estaban los giles que salían nomas los fines de semana y encima te la querían
contar. Yo no. Por aquellos años no dormía. Llegaba cerca de las 7, me duchaba
y a la oficina... después a entrenar y después otra vez la noche, dispuesta
sobre el mantel...
Yo acotaba poco, más que nada
preguntas, me gustaba escucharlo, verlo hacer su personaje. Porque después
cuando fui creciendo supe -y ahí está
ese desgarro del que hablo, ese empezar a aceptar al mundo y a su gente
como realmente son y no como vos quisieras- Genaro, detrás de ese vozarrón grave
y ese porte de hombre de la noche, que se peleaba con todo el mundo de café en café
por Política o no tenía reparo en decirle en la cara a alguien "Este es un
insoportable", era un tipo sensible y lleno de tristezas, que no sabía
esconder los ojos vidriosos cada vez que escuchaba o hablaba de algo con lo que
no podía.
Con Alberto, como ya había
dicho, era otra cosa. A él Hace tiempo que no te lo cruzabas en un boliche. Una
tarde de otoño, esas que anuncian que si la próxima no te abrigas te vas a cagar
bien de frío, Alberto había resuelto dejar de tomar para siempre. Los
parroquianos nunca supieron bien cuál de todas fue la gota que colmó el vaso.
Pilo grande, de amabilidad de acero, si hay algo que odiaba, era dar
explicaciones sobre lo obvio. Lo cierto es que jamás, hasta el día de hoy, o
hasta esa última tarde que yo lo vi, volvió a probar una gota de alcohol.
"¿Para qué? si yo ya
tomé para esta y un par de vidas más" solía decir, con esos giros
literarios con los que siempre deleitaba a quienes tenía cerca.
Esa tarde que lo encontré,
compartimos un café en la confitería de la terminal, mientras yo esperaba el
bondi que me devolviera a casa. Charlar con Alberto era un verdadero placer. Su
estilo, como ya he dicho, era otro. Si bien de pueblo, si bien de barrio y de
club (también había sido entrenador mio), él era un intelectual, una
enciclopedia sensible y viva. Esa tarde, no sé si por necesidad, no se si por
casualidad, el propuso el tema, lo sacó y lo dispuso sobre la mesa, entre las
servilletas y los restos de miga de bizcochos y medialunas.
Me extendió la mano: era un
recorte del diario Clarín que se titulaba: " Cuando el escritor de la
borrachera desmintió el romanticismo del alcohol.” Tragué saliva porque lo
supe: otra vez me iba a ir con las visceras revueltas, solo por tomarme un café con
el Pilo Mayor. De modo que me entregué, sin más. El artículo era preciso: datos
estadísticos sobre el nivel de alcoholismo en nuestro país y otros importantes. En un acertado contrapunto con citas de Abelardo Castillo y su
búsqueda por desromantizar al alcohol como musa de los escritores y artistas.
- Nadie sabe por qué toma,
Lungo. Simplemente lo hace. Si el alcohol es bueno o malo, esas son puras
macanas. El otro día, pasé de Otilia, porque mi señora le había encargado unas
empanadas por el 25 de mayo entonces las fui a buscar. "Beto querido tanto
tiempo". La verdad que si. Mucho. Y me puse a mirar. Había 4 mesas: en una
había 3 muchachos y en las otras 3, un sólo tipo por mesa. ¿Qué tan infeliz
puede ser una persona? ¿Qué hacen, que buscan ahí sentados, solos, con un vaso
de vino en frente? Y yo hacía lo mismo.
En mi época, yo me recorría
todos los boliches. 6 o 7 por día. Salía de uno y entraba en otro. ¿Para qué?
Me dirás vos. No lo sé. Yo tenía ansiedad, tenía que verlos a todos, escuchar
que hablaban, entender, matar el reloj o matarme a mí, que se yo. Después
volvía a mi casa y se terminó. Qué buscan, a quien esperan estos tipos en el
fondo de esos vasos, de esas botellas. Nadie lo sabe.
Pero yo sé que él si sabía. Y
lo sabía de sobra. Como no lo iba a saber, si era de los hombres más
inteligentes que yo alguna vez pude conocer. Pero si hay alguna cosa que Beto
no encontró nunca, ni en el fondo de la botella más oscura, más profunda, fue
valor en sí mismo…
- Por ejemplo, es como si yo
ahora, que dejé de tomar hace 10 años, me pusiera a evangelizar sobre los beneficios
de dejar de pegártela todas las noches...quizás algunos dirían "que
ejemplo, el Pilo, como se superó", pero los más dirían, " quien se
cree este borracho para andar predicando".
Así era él. Decía estas cosas,
entre risotadas y sus ojos claros y límpidos clavados en los tuyos. Y uno no
sabía si largarse a llorar, abrazarlo, pedirse un whisky doble o salir rajando.
Que hoy lo escriba, no tiene ningún sentido, porque todo lo que me falta
comunicar, está en esa mirada que, sospecho, no me va a dejar nunca en paz. Esa
mirada que encerraba temor, o algo parecido a la vergüenza. Esa vergüenza de
borracho de pueblo, de borracho conocido, que te queda pegada en la piel, junto
con las cicatrices de tantas caídas, de tantos papelones, de tantas noches
viejas y frías.
Yo nunca supe que hilo
invisible me unía tan irrefrenablemente hacia los Hermanos Pilo.
Si es que comencé en esto de
la bebida por sentirme cerca de ellos, por ser merecedor de su cariño, o es que
ese ver la vida a través de los cristales de un vaso ya estaba en mí, venía en
mí y eso me unió a ellos. No sé si sus abrazos me calmaban la ausencia de ese
viejo que casi no conocí. O si sus anti-consejos me fueron vitales para
sobrevivir y rasgar con puñales de luz este enorme muro negro ante el que nos
han puesto.
Yo tampoco sé por qué bebo.
Pero hay algo que sería deshonesto callar, y que de alguna manera me aleja de
esos 7 borrachos que me encontré en el boliche esa noche, con Genaro. Yo
también me siento sólo a veces. Pero no sé si la soledad tiene el mismo rostro
para todos. Y aunque con muchas dificultades, yo aun le afano un par de
oportunidades a esta puerca vida. Todavía quizás estoy a tiempo de que una
mujer buena me espere. Estas cosas me
ponen -lo quiera o no- en otra vereda. Quizás la tengo más fácil, quizás sólo
bebo por un capricho. O no. Quizás, aunque con diferentes matices, todos
buscamos lo mismo. Cada uno, aunque ni lo llegue a sospechar, sabe que
infiernos intenta apagar…
Tuve que prepararme un poco para leerla (sabrás por qué) y aunque no te escondo que tuve que parar algunas veces para desempañar los vidrios, llegué al final y puedo decir que es una historia que conservaré siempre como un tesoro... Gracias Yami.
ResponderBorrar