domingo, 29 de marzo de 2020

Crónica de una 'Gratis del domingo´ I

-Todxs estamos un poco solos.
-Todxs necesitamos al menos un abrazo para seguir.
-Todxs nos preguntamos alguna vez en la vida, si existirá ese compañerx que estamos esperando.

Los tres tópicos fueron desarrollados aquel día, en "La gratis del domingo". Tres tópicos que pecaban de clichés, de burdos lugares comunes de los que ya estaría bien apartarse. Sin embargo, ahí estábamos, en una sala de cine municipal llena, buscando encontrar algo detrás de esa pantalla gigante.
Siempre que asistía a esta clase de eventos, disfrutaba en ambas direcciones: por un lado, la película propiamente dicha (que muchas veces no era más que una excusa para ver otras cosas), por el otro, la ficción que me ofrecía la diversidad de personas aglutinadas en aquella sala, por al menos dos motivos -bastante dignos después de todo-:
Primero: una película gratis, con todo lo que el concepto encierra, no importa cual fuera.
Segundo: algo que hacer un domingo de otoño a las 18hs de la tarde.

Ese domingo asistí sola. Hacía rato que había superado el trauma social que implica hacer cosas con un par siguiéndote los pasos. Fui determinante al salir: las culpas por todo lo que no había hecho el fin de semana no irían conmigo al cine, ya que el motivo por el que me inmolaba a las calles heladas era trascendental: no permanecer sola en casa durante las horas en que declina la tarde y las preguntas por la existencia se te pliegan al alma como los anaranjados y rosas a las nubes tardías.
Llegué lo más impuntual que pude y me escabullí en la única butaca vacía que encontré. Me sangucheaban dos adultos no tan mayores, un hombre y una mujer. El hombre olía mal y no parecía demasiado concentrado en la película. Cuando lo llamaron por celular y se fue, comprobé mi teoría de que había ido al cine sólo para no estar solo, para “hacer tiempo”, perderlo o aniquilarlo, según la escala que prefieran.
La película rápidamente me absorbió. Micro historias de personajes cotidianos que no sabían muy bien qué hacer con su existencia. “Casi como muchos de nosotros en esa sala”, pensé con gracia. Una muchacha que había ingerido una botella de quitaesmalte tras ser abandonada por su novio, una mujer trans que se había arrepentido de cortarse el pene por un amor ingrato. Un desgraciado que trabajaba como asistente en una línea de atención al suicida. Cuando el muchacho en cuestión se preguntó si era posible ayudar a otros, cuando no te podés ayudar ni siquiera a vos mismo, supe que estaba en el lugar o al menos, en la película correcta.
Me preparé un mate, medio tanteando en la oscuridad y comencé a tomar. Cuando le ofrecí a la señora de al lado, me devolvió una gran sonrisa y un par de palabras: "que rico, gracias, nunca vi a alguien con mate en el cine". Le cebe unos cuántos.  Mientras tanto un viejo con cara de haber sido muy malo en su juventud, pero que ahora daba lastima, pidió a 3 personas diferentes, a lo largo de toda la película, si lo podían abrazar. Nunca anhelé tanto atravesar una pantalla como aquella tarde.  Luego me pregunté si quizás no la había ya atravesado. Después de todo, yo misma me metía en esos juegos.
Al cabo de 95 minutos, la historia llegó a su fin.
La puerta de la sala se abrió y el calor del tumulto comenzó a disiparse, como cada historia de una a una de las butacas. Otra vez fuimos nada, seres anónimos arrojados al frío de las calles oscurecidas, a lo que quedaba del domingo, a toda la fundamental soledad que nos aguardaría, nomás pisar la vereda del cine municipal.

5 comentarios:

  1. Hola Yamila, buenas tardes,soy Felipe Espíndola , de Veracruz Mex, Radico en Bogotá Colombia.
    Me hiciste hechar a volar mi imaginación, retroceder el tiempo cuando me encantaba ir al cine y si no tenía con quién ir , lo hacía solo desde un los 15 años , linda crónica . felicidades y gracias por compartir.

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    1. Hola Felipe! Me alegra muchísimo tu mensaje, gracias por leer y sacar a pasear los recuerdos con esta crónica... Un abrazo grande desde aquí!

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. Ay estoy conmovida, esas almas encontrándose por un rato un domingo a la tardecita. Que texto más bonito.

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