"¿Quién será, que una vez te encontró como sos y logró comprender tu color?” (Homero Manzi)
Todo comenzó con un sueño. Ella se lo encontraba por casualidad en esa encrucijada de asfaltos y olvidos que hemos dado en llamar calle y se acercaba a saludarlo, -como siempre hacía: acercándose a su oído, nombrándolo suavemente para no sobresaltarlo, hasta que él la reconocía, le daba un beso - y se ponían a charlar de cualquier cosa, casi siempre de Borges o de Gardel. Lo acompañaba caminando a su lado, cuidándolo de alguna mala vereda, y al llegar a la casa de este, él le decía si quería quedarse. Lo ayudaba con algunas cosas básicas, cotidianas, la escalera, el ascensor, la puerta y luego terminaban abrazados en el sillón.
Se despabiló en uno de esos sacudones que te dan en sueños, como cuando Dios o alguno de sus empleados te deja caer bruscamente sobre la cama. Hacía mucho que no se despertaba tan mal. Entonces, ¿era cierto lo que le estaba pasando con este tipo? No se atrevió ni a nombrarlo. “Si le doy entidad estoy perdida” alcanzó a pensar, con toda la dificultad de una mente aun dormida. Pero ya era tarde: la imagen de Francisco se le había instalado en el interior, tan nítida como el sol en el domingo. ¿Ahora que hacía? Se había prometido a sí misma dejar de meterse en situaciones fantasmales e imposibles. Con Francisco no había chances y, además, no quería que las hubiera. Se había cansado del amor. De creerlo, de definirlo, de esperarlo. Había vuelto de esas islas con los remos incendiados más de una vez. Y hacía tiempo que había decidido camuflarse en sí misma, allí, donde nada pudiera dañarla.
Con Francisco no había posibilidad porque ella misma se había encargado de destruirla, construyéndolo en su imaginación, durante años, gigante e inalcanzable para cualquier mortal. Y había terminado comprobando con pesar, cuando comenzó a conocerlo y compartir espacios en común con él, que todo era cierto. Francisco era un talentoso bandoneonista de la ciudad. Equilibraba con justicia sus pasos, con un pie en las escuelas clásicas y otro con firmeza en el porvenir. Era humilde pero decidido. Su gente lo reconocía y respetaba. Era apasionado con todo lo que le gustaba. Militaba por causas nobles y se decía que era un gran amante.
¿Y ella quien era? ¿acaso algo más que un tumulto de dolores e historias rotas?
Aceptar siquiera la mitad de todas las características de ese hombre implicaba destruir a mano toda posibilidad de puente entre ellos.
Ese día se lo pasó acostada retorciéndose en esfuerzos por arrancarse esa sensación para siempre o barajar la posibilidad de hacerse cargo, o algo, lo que fuera, que la sacara de esa inercia inútil y desesperante.
Recordó que se habían cruzado dos noches atrás, en el Festival Federal de Tango, dónde él se presentaba con su orquesta.
Recordó también el trato confuso que ambos se habían encargado de tejer. Un trato que por momentos iba de la cortesía a la provocación pero que casi siempre quedaba empantanado, a medio hacer, o diluido en la nada.
Las lunas se sucedieron, sin demasiado que contar. Un febrero pesado cubría los tiempos de aquella ciudad de puertos oxidados. Hasta que un día, como sucede siempre, cuando ella había dejado de esperar, se encontraron, en el cumpleaños de un amigo pianista que tenían en común.
Las cosas, contra todo pronóstico, se dieron sin mayores dificultades. Y a eso de las 5 de una calurosa madrugada, tal como en el sueño, la muchacha estaba entrando a la casa de Francisco.
-Estuvo bueno el cumple, ¿No?, dijo Ana, intentando romper el hielo.
-Sí, lástima el pesado de Pedro. Siempre dando la nota. Como si con los escenarios no le alcanzara. -respondió él-
-Jaa, si, es verdad. Nunca me lo había puesto a pensar. Como si su afán de ser visto no se saciara nunca…
Claro, algo así. - Asintió Francisco.
Ana estaba muy nerviosa. Intentaba en vano cuidar sus palabras y movimientos para no exponerse, para no sacar afuera esa mujer vehemente y sincera que de igual manera se le escapaba por los poros. El bandoneonista se divertía tiernamente viendo los esfuerzos que la chica hacía por protegerse de sí misma.
Puso un disco de Bill Evans y sirvió dos vasos de vino. Ana estaba fascinada por ver la fluidez con que Francisco se movía, con la elegancia que hacía todo. Visto desde afuera, nadie hubiera notado que no veía más que imágenes difusas.
Cuando llegaron a su habitación y se recostaron, un temblor recorrió a la muchacha de pies a cabezas. ¿Cómo sería estar con alguien que no podía ver su cuerpo? ¿No era, finalmente, lo que ella siempre había esperado?
Intentó apagar su mente, la causa principal de todos sus infiernos, al menos por un rato. Intento dejarse llevar por el aire cálido que movía tenuemente las cortinas de la habitación y que se mimetizaba con su respiración. Él comenzó con unas caricias suaves, recorriendo sus mesetas y recovecos más escondidos. La tocaba con precisión, como si su espalda y sus pechos fueran un fueye, el fueye que constituía el centro mismo de todo su mundo, de toda su vida.
Ana comenzó a soltarse, a jugar, a entender que contaba con una ventaja y que, aunque sonara horrible y cruel, era que su amante apenas si la podía adivinar.
Sintió una liviandad que nunca antes había sentido, como si años de enredos y desencuentros con su ser, con su cuerpo, finalmente hubieran encontrado un huequito en el cual escabullirse, en el cual descansar.
Durmieron cerquita, acurrucados, pero él no la abrazó.
Había sido hermoso. Pero había una mancha, un ruido en el engranaje, que Ana no pudo dejar de oír, ni aunque quisiera. Era Francisco. Era Francisco y su paradojal estilo, que la arrastraba hacía él y la separaba con la misma fuerza.
El sol se había instalado hace rato en el día. Ella supo que era hora de marchar y mientras se cambiaba no pudo evitarlo, entonces preguntó:
- Fran…Francisco…¿te puedo preguntar algo?
-Sí, claro- dijo él, con media sonrisa.
- ¿Qué te gusta de una mujer? ¿Cómo…? Me refiero a…
- Te referis a que si no puedo ver, ¿como las elijo, que cosas me atraen? Dijo, con implacables aires de adivino.
Ana odio que siempre supiera todo. Hizo un gesto como asintiendo, agachando la cabeza, pero enseguida entendió la insuficiencia del esfuerzo y dijo con voz entrecortada:
-sí.
-vos sabes Ana, no toda la belleza entra por los ojos.
- ya sé, no es eso, no tenés que explicarme todo…
- a mí me basta con escuchar una sola vez un nombre, para acordarme para siempre. Si me interesa, claro. Soy tanguero, y melancólico. Mi maldición es no poder olvidar…
La voz me repone la imagen de una mujer de cuerpo entero, me la pinta.
Después se va completando con los olores, con el tacto…
Ana podía acotar cada vez menos, como si se le hiciera una misma nuez la garganta y el corazón.
Él prosiguió:
- y después esta lo otro, lo imperceptible, lo que se le escapa a cualquier sentido por aguzado que sea ... algo que te late muy cerca de acá -señalándose el pecho- una energía muy especial que, quizás de ahí venga mi oficio de fueyero, siempre fue mi brújula. Y, ojo, que con esto no quiero decir que no me haya perdido más de una vez, jaja. Pero tranqui Ana, no es nada de otro mundo. Cada cual hace su canción con lo que puede…
Te noto tensa, te tenés q relajar.
Ana arrojó algunas palabras a medio hacer. Todo su interior era una bomba a punto de estallar. Necesitaba juntar sus despojos y desaparecer.
-Me tengo que ir, Francisco. - resolvió casi con violencia.
Pasó poco más de un mes, y aunque la muchacha se había jurado que fuera quien fuera Francisco, no iba a escribirle, viendo que su agonía crecía a la par que se deshojaban los días en el calendario, no pudo contenerse. Él le contestó como si nada y le dijo que si quería se podían encontrar.
Los encuentros comenzaron a ser esporádicos pero constantes. Francisco se comportaba como el buen tipo que era, cálido, atento, seguro de sí y de la situación, pero en ella seguía aumentando la sospecha de que había algo que él siempre se dejaba para él. Ana por su parte seguía en el esfuerzo de editarse a sí misma, de no demostrar de más, de no ser demasiado cariñosa, de que no se le escaparan los hilos sueltos de su pasado, de ese pasado sufrido, de piba pobre.
Una mañana de sol otoñal recién llegado, mientras tomaban mates (nunca tomaban juntos, más de tres o cuatro). Ana le preguntó si se acordaba de esa noche a la salida del Café Discepolín, cuando él le regaló una copia de su primer disco diciéndole que había una de las canciones que llevaba su nombre.
- ¡Ah, viste que vos tampoco te olvidas! Me acuerdo algo, sí. Te dije, toma, úsalo de portavasos si querés. ¿Y vos te quedaste pensando en lo del nombre?
-Intenté imaginar a esa otra Ana, la historia, tu dolor…pero el estilo, aun a mí que soy una romántica irremediable, me pareció un poco bizarro, un poco mucho y me reí bastante. Yo también te hubiese dejado si me escribías algo así, dijo la chica, entre risas, ruborizándose lentamente.
-Y bueno, era muy joven, mandado…es una larga historia. Pero nunca supe si a ella le llegó. Y posiblemente nunca lo sepa.
El tiempo siguió transcurriendo, y ellos mejoraban quizás en esa artesanía que se iba pareciendo al amor. Ana iba dejando respirar su cuerpo tranquilo junto al de él, reposando en él, sintiéndolo como agua tibia en esas noches de junio que se iban haciendo cada vez más frías. Él la recorría, la sentía temblar y jadear, la sentía como si se fuera de ella misma, de esa cárcel que era el cuerpo. Ana, se iba resignando a ese ardor al que tanto le temía, a ese dolor indescriptible y desesperante de que por fin alguien la estuviera viendo con los ojos que nadie había podido… y cuando mejor estaban, cuando más lo sentía ella adentro, parte de si, él la soltaba, la apartaba, la dejaba caer con indiferencia, como cuando te suelta Dios.
Una tarde, cuando ya el invierno estaba llegando a su fin, Ana lo citó en el Parque de los Jilgueros, un parque que quedaba casi en la esquina de la casa de Francisco.
La muchacha no se veía bien. Las ojeras de las malas noches habían desdibujado su cara linda, y las gotas grandes y redondas rodaban por sus mejillas. Tomando una bocanada larga de aire, logró decir:
-No puedo seguir con esto Francisco. Y no es culpa de ninguno de los dos. Pero realmente vos nunca… vos nunca vas a poderme ver como yo espero – dijo casi con un hilo de voz-.
Francisco escuchaba, inmutable y movía la cabeza con un movimiento extraño que no alcanzaba a dibujar ni un si ni un no.
- Además -prosiguió Ana- vos sos musico, fueyero, como te gusta que te digan, y un
musico no puede escribir dos veces la misma canción. Y vos ya escribiste la canción de Ana…
La muchacha se dio media vuelta, y comenzó a atravesar los ceibos del parque con fuerza y vehemencia, aunque tornaba a cada rato la cabeza para ver si el bandoneonista ciego salía a buscarla, a correrla desesperadamente, a decirle, “para Ana, yo también…”
Pero eso nunca ocurrió. Francisco se quedó absorto, mirando hacia un punto fijo de la nada, pensando en que otra vez se había hecho tarde, pensando en la canción que le había compuesto esa misma mañana a esa otra muchachita de igual nombre, pero tan distinta en su alma. Esa Ana, que al igual que la otra, tampoco se enteraría nunca de su canción, su triste y aunque ridícula canción de amor.
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"Mi maldición es no poder olvidar" te amo yami, hermoso, me encantó
ResponderBorrarNo se quien serás pero gracias y yo también te amo!!
BorrarMuy lindo Yami!❤️
ResponderBorrarGracias Dario querido!!!
BorrarHermoso Yami 🌻
ResponderBorrarGracias Delfi!!
BorrarÉl la recorría, la sentía temblar y jadear, la sentía como si se fuera de ella misma, de esa cárcel que era el cuerpo. Hermoso! Me encantó!
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