“Una mujer
innombrable huye como una gaviota…” Silvio Rodríguez.
Ese sábado de enero el calor fue imperdonable. Quizás tanto
como ella. Aunque ya nadie se atrevería a juzgarla.
La noticia llegó temprano, más de lo esperado. La mujer
reaccionó como se espera de una hija a la que le anuncian la muerte de su
madre. Sin embargo, no deberían esperar aquí los lectores ese dolor conocido y estereotipado,
sino otra clase de dolor, uno más bien entre desagarrado y rencoroso, entre
confuso y contradictorio.
El viaje fue incómodo. Ya el estado de shock había mermado
algo, pero el sopor del día no ayudaba en nada. La brea del camino se derretía
haciendo de la ruta un oasis de asfalto interminable.
Luego de 2 horas y media, la mujer y su marido arribaron al
lugar donde se celebraba el funeral. El abrazo de sus hermanos fue poco más que
indiferente.
El resto de la parentela no aportó ningún condimento nuevo,
tenían la excusa perfecta del comportamiento que se espera en los velorios.
La mujer caminaba por la sala con todo un arsenal de
emociones que se debatían su cuerpo como aves de carroña; angustia, vergüenza,
la impotencia que siempre se terminaba imponiendo. Después del primer cuarto de
hora, tomó el valor necesario (el impulso, se trataba de una mujer vehemente,
casi irracional) y se acercó a su madre.
La miró: “Te perdono, sabes.” Esas fueron sus palabras. Hubiese
querido abrazarla, sacudirla, gritárselo una y otra vez hasta verla reaccionar,
hasta escuchar algo, un sonido, una palabra, “gracias”, “te quiero”, lo que
fuera, que la aliviara un poco, que fuera como la lluvia en un día tan pesado
como aquel, que le hiciera entender que no era ya muy tarde. La desesperación
pareció recorrerle la espalda, junto con un escalofrío provocado por alguien
que se acercó y apoyándole una mano en el hombro, la apartó con mucha sutileza
del lado del cajón. No se sabe cuántos minutos se había quedado la mujer ahí,
los ojos en la muerta, suspendida en vaya a saber que fotografías del pasado. Los
suficientes, quizás, para que un hijo de mayor potestad, la sacara de allí.
La sala era un desfile de rostros, algunos apenas conocidos
por la hija. Pensó para sí misma que a pesar de todo, había sido una mujer muy querida.
Esto lejos de tranquilizarla la atormentó todavía un poco más.
Se movía por la sala con la ausencia total de un fantasma
que nadie ve, pero, a pesar del desprecio, la mujer encontró pertinente la
posibilidad de aprovechar su soledad para quedarse en sí misma, para intentar entender
un poco, para rearmar los pedazos de esa realidad rota y desperdigada por toda
la sala.
Pensó en todas las veces que levantó el tubo del teléfono y
se quedó en silencio, escuchando la voz de su madre del otro lado, mezclada entre
melodías de Horacio Guaraní o Julio Sosa.
Pensó en todas las noches en las que no se pudo dormir,
atragantada por la rabia, por las preguntas, por lo porfiado del destino.
Pensó en todas las veces que encontró fotos en Facebook de
ella con sus hermanos y se tragó las lágrimas repitiendo circularmente una sola
frase:” ¿Por qué ellos si y yo no? ¿Por qué ellos sí y yo no? ¿Por qué ellos sí
y yo no?”.
El mecanismo era de lo más absurdo. Pero, ¿Qué otra cosa se
le podía pedir a una mujer en un momento así?
Al menos se había terminado la agonía. Esa agonía que cae
como gotas interminables en ventanales sucios, una atrás de la otra, impasibles.
Se había terminado la agonía de lo que no termina nunca, de lo irresoluble, de
lo caprichoso y repetitivo.
Para la muerta, ya no más cigarrillos baratos, ni
remordimientos silenciosos ni discos lúgubres sentada alrededor de una mesa. Mucho menos alcohol.
Para la hija, una orfandad declarada y asumida, la posibilidad
al menos de perderla, por fin y de una vez.
A eso de las 7 de la tarde, el día incontenible se deshizo
en una lluvia copiosa. Era la hora de volver. Una mujer que volvía, y otra mujer
que partía. Quizás se encontraran en algún tramo del viaje, alguna vez.
Ya en la ruta, la temperatura empezó a disminuir y a medida
que se avanzaba en el paisaje de campos mojados, fue llegando el alivio y la
frescura. La mujer se durmió
profundamente. El despertar coincidió con la entrada a su pueblo y fue como si
todo quedara atrás, como si todo hubiese pasado hace mucho mucho tiempo. Las
caras desconocidas de sus hermanos, el pesadísimo día de enero, la despedida
final, el abandono - que apenas horas antes se había enterado- podía ser todavía
un poco más.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario