domingo, 12 de abril de 2020

Funerales de una mamá no tan grande


                                                                      “Una mujer innombrable huye como una gaviota…” Silvio Rodríguez.


Ese sábado de enero el calor fue imperdonable. Quizás tanto como ella. Aunque ya nadie se atrevería a juzgarla.
La noticia llegó temprano, más de lo esperado. La mujer reaccionó como se espera de una hija a la que le anuncian la muerte de su madre. Sin embargo, no deberían esperar aquí los lectores ese dolor conocido y estereotipado, sino otra clase de dolor, uno más bien entre desagarrado y rencoroso, entre confuso y contradictorio.
El viaje fue incómodo. Ya el estado de shock había mermado algo, pero el sopor del día no ayudaba en nada. La brea del camino se derretía haciendo de la ruta un oasis de asfalto interminable.
Luego de 2 horas y media, la mujer y su marido arribaron al lugar donde se celebraba el funeral. El abrazo de sus hermanos fue poco más que indiferente.
El resto de la parentela no aportó ningún condimento nuevo, tenían la excusa perfecta del comportamiento que se espera en los velorios.
La mujer caminaba por la sala con todo un arsenal de emociones que se debatían su cuerpo como aves de carroña; angustia, vergüenza, la impotencia que siempre se terminaba imponiendo. Después del primer cuarto de hora, tomó el valor necesario (el impulso, se trataba de una mujer vehemente, casi irracional) y se acercó a su madre.
La miró: “Te perdono, sabes.” Esas fueron sus palabras. Hubiese querido abrazarla, sacudirla, gritárselo una y otra vez hasta verla reaccionar, hasta escuchar algo, un sonido, una palabra, “gracias”, “te quiero”, lo que fuera, que la aliviara un poco, que fuera como la lluvia en un día tan pesado como aquel, que le hiciera entender que no era ya muy tarde. La desesperación pareció recorrerle la espalda, junto con un escalofrío provocado por alguien que se acercó y apoyándole una mano en el hombro, la apartó con mucha sutileza del lado del cajón. No se sabe cuántos minutos se había quedado la mujer ahí, los ojos en la muerta, suspendida en vaya a saber que fotografías del pasado. Los suficientes, quizás, para que un hijo de mayor potestad, la sacara de allí.
La sala era un desfile de rostros, algunos apenas conocidos por la hija. Pensó para sí misma que a pesar de todo, había sido una mujer muy querida. Esto lejos de tranquilizarla la atormentó todavía un poco más.
Se movía por la sala con la ausencia total de un fantasma que nadie ve, pero, a pesar del desprecio, la mujer encontró pertinente la posibilidad de aprovechar su soledad para quedarse en sí misma, para intentar entender un poco, para rearmar los pedazos de esa realidad rota y desperdigada por toda la sala.
Pensó en todas las veces que levantó el tubo del teléfono y se quedó en silencio, escuchando la voz de su madre del otro lado, mezclada entre melodías de Horacio Guaraní o Julio Sosa.
Pensó en todas las noches en las que no se pudo dormir, atragantada por la rabia, por las preguntas, por lo porfiado del destino.
Pensó en todas las veces que encontró fotos en Facebook de ella con sus hermanos y se tragó las lágrimas repitiendo circularmente una sola frase:” ¿Por qué ellos si y yo no? ¿Por qué ellos sí y yo no? ¿Por qué ellos sí y yo no?”.
El mecanismo era de lo más absurdo. Pero, ¿Qué otra cosa se le podía pedir a una mujer en un momento así?
Al menos se había terminado la agonía. Esa agonía que cae como gotas interminables en ventanales sucios, una atrás de la otra, impasibles. Se había terminado la agonía de lo que no termina nunca, de lo irresoluble, de lo caprichoso y repetitivo.
Para la muerta, ya no más cigarrillos baratos, ni remordimientos silenciosos ni discos lúgubres sentada alrededor de una mesa.  Mucho menos alcohol.
Para la hija, una orfandad declarada y asumida, la posibilidad al menos de perderla, por fin y de una vez.
A eso de las 7 de la tarde, el día incontenible se deshizo en una lluvia copiosa. Era la hora de volver. Una mujer que volvía, y otra mujer que partía. Quizás se encontraran en algún tramo del viaje, alguna vez.  
Ya en la ruta, la temperatura empezó a disminuir y a medida que se avanzaba en el paisaje de campos mojados, fue llegando el alivio y la frescura.  La mujer se durmió profundamente. El despertar coincidió con la entrada a su pueblo y fue como si todo quedara atrás, como si todo hubiese pasado hace mucho mucho tiempo. Las caras desconocidas de sus hermanos, el pesadísimo día de enero, la despedida final, el abandono - que apenas horas antes se había enterado- podía ser todavía un poco más.

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