"Niña que espera en la vereda"
Lo esperaba en cada salida. Lo seguía con la mirada y
aguardaba entre la gente, ansiosa, de modo que él, al salir no tuviera más
opción que verla. Entonces le decía: “Chau León”, con una sonrisa ligera,
transparente como la resignación cuando es digna.
Caminaba desgarbada y era obvio que no se hallaba ella, con
sus diez años a cuestas, entre las más lindas del salón. Era morena. Pelo
empedernidamente negro, como sus ansias. No pertenecía al gremio de las Flacas
Fideístico-hegemónicas ni al de las Gordas Declaradas. Digamos que hasta su
peso sufría el mal sabor de la mediocridad.
La última vez que la vi, caí en cuenta de que me estaba
observando con minucia: mis rulos se parecían demasiado a los de una muñeca de
trapo que ella traía entre sus manos. La muñeca también era morocha y hasta a mí
me dio risa la similitud. También era marginal. Quizás también esperaba.
Su insistencia comenzó a incomodarme, entonces supe que
había algo más en su mirada inventariada sobre mi persona: yo pertenecía al
mundo de León. Conocerme a mí, intentar descifrarme, implicaba estar más cerca
de su mundo, así fuera a pizcas, a umbrales, a suspiros. Me miraba con
simpatía, como buscando complicidad.
Luego de esos extraños minutos, detenidos en las 12 en
punto, cuando todos los niños del mundo huyen de las escuelas primarias, detrás
mío, entre la muchedumbre de niños gritando y saltando y de maestras afónicas,
lo vio venir, entonces dijo, con el amor paciente de siempre: “Chau León”. Así,
simple, sin signo de exclamación alguno.
Entonces pensé, ¿quién no habrá sido alguna vez allá lejos o
no tan lejos, allá triste o allá sola, ¿quién no habrá sido alguna vez esa niña
con ese amor puro, ese amor de los 10 años, todavía entero, esperando sonriente
en la vereda de una escuela?
Las palabras de León, secas, inertes, sin color alguno, me
llenaron de vergüenza. Entonces, saliendo de mi trance, lo subí a la bicicleta
y nos alejamos los dos, lejos, a toda velocidad, de la niña, de su muñeca, de
toda su inocencia.
con una sonrisa ligera, transparente como la resignación cuando es digna. Jajaja! Tremendo.
ResponderBorrarDemasiado lindo para que no explote
ResponderBorrar