"Y jamás volveré a fijarme en la cara de
los demás, esa careta idiota que tira y tira para atrás"
Es mentira que todas las heridas se
curan. Hay heridas que quedan, grabadas para siempre en la piel, como marcas
imborrables de un pasado impiedoso. Eso es lo que en principio pensé toda esa
noche, la noche en que conocí al "hombre sin rostro." Su historia me había llegado no mucho tiempo
atrás, allá en mis pagos, por unos amigos, algunos que lo habían conocido y
otros que simplemente habían propagado el mito. Cuando en la fiesta de despedida
dijeron que en Montevideo había un amigo del Leo que no “tenía rostro”, quise
saber más, indagué, pero nadie supo decirme nada. Risitas, ironías o frases
sueltas que solo revestían incongruencias, contradicciones: “Se quiso suicidar y
le erró”, “estaba cazando con el padre y se le escapó un tiro”, etc etc. O alguna
que otra mirada grave, en resumen, ninguna certeza a la que pudiera agarrarme. Como
ocurre casi siempre en los grupos de chismosos, todos tenían diferentes
impresiones y recuerdos de un mismo hecho.
Al rato, con la euforia del viaje, me olvidé por completo del asunto.
El final del verano comenzaba a
anunciarse en la fresca, pero soleada tarde y con él, el final de mis días por Uruguay.
Esa tarde vagué hasta el cansancio
por la rambla y el parque Rodó, intentando empaparme hasta el final de la
mística montevideana, jugando a perderle el paso a la melancolía, a desorientarla,
a ver si lograba por fin una despedida digna y alegre, cosa que siempre me
había costado bastante a la hora de abandonar lugares queridos.
Sin embargo, no sabía yo, que esa
última noche me tenía guardado lo mejor.
Leo era un amigo rosarino que había
cruzado el charco por amor, por huir de un amor, por eso yo lo llamaba el
exiliado residente. En esos giros que tiene la vida, en sus calles donde
solo sobrevive quien no se le achica a los caprichos del azar, terminó renunciando
al título universitario que tanto le había costado conseguir y se entregó a un
sueño cajoneado: vivir de la música. Las blancuzcas y siempre predecibles
oficinas fueron reemplazadas por los dicharacheros escenarios que ofrecían los
bondis, donde un día jamás se parecía al otro. En uno de esos viajes conoció a Charly,
su especial amigo, que había querido presentarme desde mi llegada a Montevideo.
“Vos tenés que conocer a Charly.” “Te
voy a llevar a lo de Charly” “Te vas a llevar tan bien con Charly”. Yo en
verdad no tenía ningún interés en ese tal Charly, un guitarrista callejero más,
como otros tantos jipis que ya conocía.
Los días se escurrieron y por una
cosa o la otra, Leo no pudo juntarnos. Hasta ese día, que coincidió justo con que
Charly cumplía años y hacía una reunión para celebrarlo.
Pasé a buscar a Leo por la pensión
donde vivía y empezamos a caminar tranquilos, adentrándonos por la Montevideo
que me había faltado recorrer, la de los barrios obreros, la del paco y la
pobreza. Íbamos con paso lento, yo llevaba la bici caminando al lado mío y el Exiliado
dos cajas de vino. La noche montevideana era un capullo negro y suave que
invitaba a andarla y desandarla, yo reafirmaba a cada paso que no me quería volver
y mi amigo me escuchaba y se reía bajito, siempre cómplice, siempre festejando
cada una de mis anécdotas y ocurrencias. Tras una larga, larguísima caminata en
la que lo puteé en varios dialectos por no anticiparme que no era
"relativamente cerca" de su casa, sino por el contrario,
objetivamente lejos, llegamos a lo de Charly. Golpeamos la puerta. Era una
antigua de dos hojas, marrón. Esperamos unos segundos y Leo la empujó un poco y
gritó, anunciando nuestra llegada. A los pocos minutos lo veo asomarse, junto
con su compañera. No lo podía creer. Era él. Era el famoso hombre sin rostro,
ese del que me habían hablado mis amigos en Rosario. Saludé intentando
disimular la sorpresa, la impresión, todo lo que mis gestos gritaban, por más
disfraz que les quisiera poner. Pedí permiso y me encerré en el baño. ¿Qué era
todo esto? Me ajusté contra la puerta y estuve unos segundos ahí. Después me
miré al espejo, estaba pálida: la cabeza me hervía de preguntas, pensamientos, fichas
que me iban cayendo como monedas en una fuente pero que yo no alcanzaba a
agarrar.
El primer hecho en el que caí, era ineludible:
Charly si tenía rostro. Uno terrible. Segundo: ¿Cómo Leo no me iba a decir de
quién veníamos? Me sentí burlada. Pero enseguida pensé: ¿Por qué lo haría? ¿Charly
era un monstruo? ¿Una les advierte a sus amigos “Mirá que Fulano tiene una cara
feísima”? No, no lo hace. Y Charly, por otra parte, no tenía una cara feísima. No
era eso, simplemente. Era más, era algo para lo que, aun hoy, esta torpe
escritura se queda cortísima. Había un
monstruo. Quizás había un monstruo ahí y no era precisamente Charly. Como fuera,
no podía seguir encerrada en el baño, iban a pensar que estaba descompuesta o loca.
Tenía que salir y enfrentar lo que fuera que pasara esa noche.
Me incrusté en un sillón, y como
pude, comencé a interactuar con el resto de los invitados. Unos tragos de vino me
dieron el envión necesario y, por otro lado la gente, que era lindísima, de
barrio, bohemia como los que me esperaban del otro lado del charco. Pero, aunque
yo no quisiera, por momentos se me tildaba la máquina, me abstraía, sentía algo
imposible de nombrar que salía del fondo del estómago, me trepaba por la
garganta y se me alojaba en el centro mismo de la cabeza. Cuando me daba cuenta
intentaba comunicárselo a mis expresiones, me acomplejaba ahora mi propia cara,
la transparencia que acusaba y que siempre me dejaba a gamba en los momentos más
oportunos. A medida que la gente me iba haciendo sentir cada vez más cómoda, más
miserable me sentía yo, por pensar las cosas que pensaba. En un momento me
detuve en Amanda, la mujer de Charly. La miraba desenvolverse, pelear y reírse
con sus amigos, abrazar a su hombre. Era agridulce como una buena mermelada de
naranja casera, se mostraba espontánea y despreocupada. Me había maravillado.
¿Cómo había hecho para enamorarse de él? ¿Habría sido antes o después de la
desgracia? ¿De qué desgracia hablaba? Esto
era insoportable.
La noche comenzaba a evaporarse en
un equilibrio perfecto de vino, risas, guitarras, flores… Yo cada vez me sentía más
a gusto, como si todos ellos me comprendieran, o peor aún, me aceptaran. Como si
al cruzar la puerta de esa casona, mágicamente esas calles no fueran las montevideanas
sino las rosarinas. Sin embargo, había todo un mundo interior que me empañaba
el vidrio. Que me devolvía en el espejo una imagen de alguien que está ahí de
incógnito, de alguien falso o no del todo honesto. Y esa división de mi ser me
perturbaba, pero no había algo que yo pudiera hacer a esa altura, en aquel lugar,
en aquella ultima noche.
Habían pasado horas de mi llegada a
la casa de Charly, y yo todavía no le podía sostener la mirada. Y él, presintiendo todo como un
maldito brujo, como un adivino genial, no paraba de dirigirse hacia mí, de
provocarme, de hacerme bromas o llamarme la atención con cualquier tontería. Era
histriónico y movedizo. Y por demás de pícaro. A simple vista,todo bien, pero yo no me podía distraer: ¿Cómo
habían hecho los demás para acostumbrarse a él? No escuché a nadie en ningún momento hacer
alguna referencia que me diera un indicio de algo. Más que nunca me
carcomía no saber la verdadera historia. ¿Habría sido cierto lo del escopetazo?
¿Habría sido a propósito o solo un accidente? Porque eso lo cambiaba todo. Y quizás,
y esta era la pregunta que más me costó, que más luché por evadir: ¿Cómo hacía
para enfrentar la vida con un rostro así, en una sociedad del envase, en una sociedad
tan de mierda como la que teníamos y de la que yo - con más vergüenza que
cualquiera en ese lugar- formaba parte?
Acorde se iba consumiendo la noche,
mi despedida se hacía inminente. Yo no me quería ir, ahora cada vez menos me
quería ir. Todavía no encontraba respuestas, todavía tenía sed, todavía me
faltaba algo. El candombe y el tango me cruzaban el alma. Un par de Sui Generis,
para hacer todo aún más familiar,aún más sentido. Pero me tenía que ir. Ningún
cuerpo resiste tanta emoción junta. Y todos esos días gloriosos, todas esas playas
y calles y caras e historias nuevas, pronto serían un recuerdo. Al igual que
los caracoles con restos de arena que me llevaba en la mochila.
Dije en voz alta que, contra toda mi voluntad,
“tenía que arrancar”, como decíamos en Rosario. Que jamás abandonaba una
fiesta, que por lo general eran ellas las que me abandonaban a mí. Pero que mañana
temprano salía mi ferry y un par más de esas excusas corteses que se dicen en
situaciones así. Aunque en mí fueran totalmente ciertas.
El exiliado y Charly me acompañaron
hasta afuera. Mi amigo me abrazó como se abraza en las despedidas y cuando
llegó el turno de Charly, fue ahí recién, que comprendí todo. Comprendí porque Amanda
lo amaba tanto. Comprendí porque convocaba a tantos amigos y porque se te
erizaba la piel cuando agarraba la guitarra comprendí porque Leo había
insistido tanto en que lo conociera. Porque recién ahí, cuando dejé por fin de
ser una cobarde, y me atreví a mirarlo de frente, recién en ese momento en que tuve
su rostro más cerca mío que en toda la noche, recién ahí fui capaz de leer, en
esa cicatriz que le recorría la cara y se la dividía en dos hemisferios
asimétricos, toda su nobleza y toda su humanidad.
Quise llorar y meterme todos mis
prejuicios en el culo. Esa noche Charly me dio un abrazo y me dio una lección. Una
que aparece, como recordatorio cruel y sagrado cada vez que intento ocultar mis
propias heridas: ¿Hace falta preguntarle a alguien por sus cicatrices, cuando hablan
ellas por sí solas? ¿Cuándo son ellas
las que nos visten y nombran y son ellas al fin y al cabo, la muestra viva de
que somos, y que estamos acá, ardiendo de vida?
Tal vez estuvimos en la misma fiesta. Saludos!
ResponderBorrarNo me extrañaría, si llegaste hasta estas palabras! Gracias por leer, un abrazo!
BorrarNos han llenado de cicatrices el alma... Ojalá se nos cure algún día...
ResponderBorrarEsas son las más jodidas...y las más necesarias también...abrazote Dani <3
BorrarGrande yami!!! Hermoso relato y mejor aun el refran...exitos Amiga.
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